Después de las últimas experiencias con las novelas de Elísabet Benavent — y con las de mis autores favoritos en general— tengo que admitir que empecé Mi isla con miedo. Con miedo y muchas ganas. Aunque siempre os he dicho que no había perdido la esperanza con @betacoqueta y que estaban por venir — seguro — mejores novelas que las últimas, en el fondo, soy tan pesimista que pensaba que, irremediablemente, mi idilio con ella se había ido totalmente al garete. Ya me pasó, en cierto modo, con las novelas de mi idolatrada Marian Keyes. Quizás os suene un tanto extremo, pero tenía medio decidido que, si no me gustaba Mi isla, era muy probable que me diera un respiro con el resto de sus libros. Como en las historias de amor, a veces, es mejor terminarlas antes de que todo se vuelva feo. ¡Quedemosnos con lo mejor, no!?

Así que cuando empecé Mi isla, con miedo, con ansia, con algunos prejuicios y con la tranquila idea de que, si no me gustaba, que era lo más seguro, no pasaría absolutamente nada, parecía que me iba a la guerra, en vez de a sumergirme en una buena novela. Y, la verdad, es que las primeras páginas no es que me auguraran nada bueno. Me resultaba un poco extraño el lenguaje que utilizaba Benavent, tan diferente a sus otras novelas, un pelín directo y desconcertante. Tampoco me cayó precisamente bien, de primeras, la protagonista. Ya sé que lo mío con las protas empieza convertirse en algo patológico, y que, en concreto, en las novelas de Elísabet me suelen caer, de plano, mucho mejor ellos que ellas, pero es que, realmente, en un primer momento, la protagonista, Maggie, me pareció un ser realmente insufrible. De ese tipo que, particularmente, tanto detesto y que os critico siempre; en plan pollo-sin-cabeza-con-lengua-y-líbido-de-señor-muy-salido. Por fortuna, esto es algo pasajero y la chica cambia — aunque es poco consecuente lo agradezco en el alma — y, a pesar de que Maggie tampoco es que sea un dechado de equilibrio emocional, la verdad es que llega a ser tolerable.

Sin embargo, me mantengo en mis trece; prefiero muy mucho a los chicos de Benavent. Aunque siempre me quejo de que en sus novelas todos los maromos son demasiado guapos y perfectos, en este caso, poco puedo protestar al respecto. Alejandro es modelo, guapísimo y un semidios; para Maggie lo es y, para mí, después de terminar la novela, también. Desde el principio, no sé por qué, me lo imaginé como una especie de Jon Kortajarena, en plan machote, pero igual de mono, agradable, sensible y precioso. Como suele pasar en otras novelas de Benavent, Alejandro es mucho más equilibrado que su parterner y, en este caso, sí, es demasiado perfecto… Me he enamorado… Qué voy a decir… ¿Lo metemos en el ranking de maromos?

También me he enamorado de la novela en sí; de la historia, de su estructura, de su tempo. Aunque, al principio, como os digo, tenía mis reticencias, acrecentadas, también, por el comportamiento alocado inicial de la protagonista, poco a poco, me fue ganando. Llegó un momento en que pensé que se parecía mucho a su Saga Silvia — que siempre he mantenido que era su mejor historia hasta la fecha — y, en vez de enfadarme por el parecido, me maravillaron las coincidencias. Me encantó que Benavent volviera a esos derroteros y que apostara por lo que le había funcionado tan bien, por lo menos conmigo. Luego, cuando fui avanzando, me di cuenta que Mi isla iba más allá de todo lo que había escrito la autora hasta el momento y, cuando lo terminé, entre lágrimas, pensé que, sin duda, era su mejor novela. Lo mejor que ha escrito, sin duda.

Principalmente, porque ha alcanzado el equilibrio perfecto. Siempre me ha gustado Benavent porque aunaba en sus novelas la vertiente romántica y erótico-festiva con algo más, de manera que, cuando leías sus novelas, tenía la sensación de que me encontraba frente a algo más que una novela sobre amoríos y folletingueo para pasar el rato. Al principio, ese algo más, apenas era perceptible y muy accesorio. Era cuando os decía que, a veces, se agradecía que se bajara el ritmo frenético de tanto mete-y-saca. En sus últimas novelas, a mi modo de ver, se abusaba de ese algo más. Las novelas se hacía más complejas, pero también más enrevesadas, reiterativas y aburridas.

Creo que Mi isla tiene la cantidad perfecta de amor, sexo y ese plus. Es muy romántica, a rabiar; es sexualmente tórrida, pero sin abusar; y habla de más cosas, pero sin perderse ni filosofar demasiado en torno a ellas. A ver, sigo pensando que los protagonistas ven demasiados problemas donde no los hay y que estos podrían superarse más fácilmente. Pero, bueno, supongo que entonces no habría ni novela, ni isla, ni nada que contar, ¿verdad?

Quizás, una de las claves sea que todo se resuma en un libro. A mí me parece todo un acierto, y, si tuviera delante a Elísabet, la cogería de las manos y le diría, en éxtasis y con lágrimas en los ojos: gracias por hacerlo en un solo libro. Y no es por cuestiones monetarias — de hecho, cuando se trata de sus libros, nunca escatimo ni me lo pienso dos veces — es que creo que, si se hubiera metido en asuntos de duologías, triologías… la historia habría perdido muchísimo. No hubiera sido la misma. Y todo esto me hace pensar en libros, como los de Horizonte Martina, que no encajaron  demasiado conmigo, y en lo que hubiera pasado si todo se hubiera contado en un libro, sin repeticiones y sin darle vueltas constantemente a todo. Estoy segura de que la historia lo hubiera agradecido muchísimo… Pero como me dijeron hace poco, el mundo editorial es lo que tiene. Igual, a veces, no se puede elegir.

No he parado de leer. Engancha muchísimo. No puedes dejarlo hasta terminarlo, y te mantiene en vilo hasta el final. Evidentemente, va de cabeza a la selección de Libros que enganchan. Lloras con él, te ríes muchísimo. Me sigo asombrando con la verborrea mental que tiene la autora, ¿y es posible que escriba mejor, si cabe? Además, la veo un poco más madura. Se nota que la historia está mucho más urdida y que la novela está mucho más pensada y trabajada. Es como si, después de varios intentos, Elisabet haya encontrado lo que estaba buscando. De hecho, al final del libro, la propia autora comenta lo que ha supuesto para ella esta novela; los miedos, las reticencias… ya que, sin duda, sabe — ya todos sabemos — que Mi isla es un libro diferente en su carrera, y que posible marque un punto y aparte en ella.

Antes de terminar, y un poco en plan estadístico, para comprobar si también os ha ocurrido a vosotras, os quería comentar que, mientras leía, influenciada por el libro, supongo, me he sentido supertriste. No me refiero solo a los momentos de lectura, me refiero al resto del día: mientras cocinaba, veía la tele o echaba la siesta. Me sentía muy triste, alicaída; y os aseguro que no me tenía que bajar el periodo. Supongo que es por la manera en que está narrado el libro; por momentos, positivo, pero siempre con un deje de negatividad, de desesperanza que, sinceramente, a mi me ha acongojada. Solo tenía ganas de llorar y de coger a ese pedazo de Alejandro Duarte y achucharle hasta descoyuntarlo. Y es que hasta eso me ha gustado del libro; siempre me emocionan las novelas que llegan a influirte en tu vida real y que recuerdas por mucho tiempo. ¿Os ha pasado también a vosotras? ¿Os habéis sentido especialmente abatidas mientras leíais esta novela?

En fin, solo puedo darle la enhorabuena y las GRACIAS a Benavent por escribir un libro tan bonito. ¿Que ha costado cinco años escribirlo? Prefiero esperar cinco años sin sus novelas y encontrarme con algo así, que tener dos libros cada año de menor calidad. Mi isla es un gran paso adelante. La consolidación de Elísabet Benavent como una de las mejores autoras españolas — si no la mejor — en su género. También ha supuesto una gran alegría para mí, que todavía tenía la espinita clavada con Horizonte Martina y la mala crítica que le hice. Esta nueva novela me ha demostrado dos cosas: en primer lugar, que no hay que perder la esperanza; y en segundo que, en este blog, cuando lo que se hace no nos gusta, se dice, aunque pique un poco, pero cuando lo que se hace nos agrada… ¡no tenemos reparos en poner unas cinco estrellazas bien merecidas, y en dar la enhorabuena! ¡Incluso en dar las gracias! ¡GRACIAS!

Por cierto, estais tardando…