Empecé a leer El cisne de papel de Leylah Attar con verdadero entusiasmo. No solo fue por las buenísimas críticas que encontré en Goodreads, la propia trama me pareció fascinante: ¡Una historia de amor que surge de un rapto! Aunque suene muchísimo un poco a síndrome de Estocolmo, y a estar más colgado que una regadera, el asunto tiene su aquel, ¿no creéis? Además, en peores plazas hemos toreado, ¿verdad?

Así que, como os comentaba, empecé a leerlo muy animada. Me apetecía dar con una historia que me enganchara de verdad, que me animará a leer, (ahora que, la verdad, tengo bastante poco tiempo para hacerlo) y lo cierto es que, en sus inicios, El cisne de papel auguraba un buen resultado: una frívola joven es secuestrada por un hombre misterioso, un yate en medio del océano…

Aunque evidentemente sabes que la cosa cambiará sí o sí, el comienzo de la historia no es nada romántico ni agradable, y, la verdad, fue un detalle que me gustó. Me pareció genial que no fuera una historia políticamente correcta, al igual que me gustó que parte de la trama se situara en México, en un ambiente ni mucho menos opulento.

En fin, que la historia prometía. De hecho, recuerdo que le comenté a una amiga que el libro me estaba superencantando y que, sin duda, cuando lo acabara, lo recomendaría mucho.

Sin embargo, con gran pesar y sintiéndome, de nuevo, como un bicho raro, tengo admitir que la lectura, finalmente, no llegó a buen puerto. En cierto punto de la historia, todo empezó a decaer hasta terminar hundiéndose un poquito (bastante). Vamos, que no me ha gustado. Sí, vuelvo a formar parte de ese 1% de lectoras incomprendidas que le huele a chamusquina lo que a la mayoría le huele a rosas. Soy un coñazo, ya lo sé. No sé ni por qué me leéis…

Aunque la historia, en un principio, me parecía bastante buena, a medida que iba leyendo y adentrándome en ella, todo empezó a parecerse muchísimo a una telenovela. Reconozco que el detalle de que gran parte de la trama ocurriera en México, ayudó mucho. Ya sé que gran parte de los libros que leemos por aquí parecen completos folletines (algunos hasta van por entregas), sin embargo, os juro que cuando leía El cisne de papel tenía la sensación de que los protagonistas eram Mario Cimarro y Dana García (vamos, los protas de Pasión de Gavilanes, aunque sean colombianos). Los buenos eran muy buenos; los malos, malísimos; había traiciones, venganzas, drama del chungo… Y todo se contaba de una manera muy superficial. La gente se hacía rica por arte de magia, todo se desbarataba por algo que se hubiera arreglado con tres palabras… En fin, un rollazo.

La verdad es que este libro de Leylah Attar me ha recordado mucho a Empezar de nuevo (el libro de Isabel Keats) y a la crítica que hice sobre él. Me explayé de lo lindo comentando las mil y una diferencias entre aquella novela y la trilogía Caballo de Fuego de Florencia Bonelli. Sus novelas abordaban un tema parecido, pero la diferencia en el enfoque de ambas escritoras era abismal. La importancia, lo que diferenciaba a una novela mediocre de otra grandiosa, residía en los detalles: la trilogía de Bonelli, además de detallarnos una intensa y maravillosa historia de amor entre dos protagonistas inolvidables, también incidía en otros temas de gran calado que aportaban hondura a la historia, algo de lo que carecía el libro de Keats.

Es decir, no puedes situar una historia en el Congo, y no saber un mínimo de lo que allí sucede. Por supuesto, habrá lectores que se quedarán en la capa externa y no se harán muchas preguntas, pero muchos otros, entre los que me incluyo, no se contentarán con un esto es así porque sí. Es decir, si un montón de congoleños entran en una misión religiosa y se cargan al ciento y la madre, me gustaría saber por qué ocurre algo así. No me contentó con una explicación del tipo: es que había por allí un ejercito revolucionario muy malo que disfrutaba violando a religiosas.

No sé si me explico. Tampoco hay que escribir una novela histórica, pero por lo menos situar lo que en la novela pasa de una manera congruente, verosímil,… no en algo plagado de tópicos que, la verdad, no benefician ni a la historia, ni al lector, y ni mucho menos al autor.

En El cisne de papel ocurre algo parecido. En cierto momento de la historia se hace referencia a asuntos de gran calado como los cárteles de la droga en México o las cárceles de mujeres. Estos temas que, bueno, admito que no son fáciles de tratar de forma más o menos amable, se abordan desde un punto de vista tan frívolo, con tanto desconocimiento, que da hasta vergüenza.

A ver, ya sé que es una historia ligera sin pretensiones, pero es que no deja de sorprenderme la ligereza con la que ciertos autores y autoras se meten en tremendos berenjenales sin medios ni herramientas para salir dignamente de ellos. Si vas a escribir una historia con una gran carga dramática, basada en situaciones medio-reales, ¡leche! ¡infórmate un poco, no?  Sobre todo en los tiempos que corren, en los que el más pintado ha visto las dos temporadas de Narcos, El patrón del mal, y, si me apuráis, hasta Pasión de Gavilanes

En fin, fuera de bromas: mi gozo en un pozo. Aunque la idea inicial me parece muy buena, la amalgama de tópicos que se de dejan ver a lo largo de la novela, la trama facilona y demasiado dramática, diluyen tanto el asunto que, al final, incluso se hace cuesta arriba terminarla… Dos estrellas, y a darse con un canto en los dientes. ¡He dicho!