El instante preciso en que los destinos se cruzan llegó por casualidad a mi vida, y lo hizo para quedarse.  Se coló en mi lista de pendientes sin hacer ruido, con su portada un poco sosaina y su título increíblemente largo. Empecé a leer, y ya nadie pudo pararme. Esta novela de Angélique Barbérat te absorbe y, a pesar de que no es precisamente corta — cuenta con más de 450 páginas — lo terminas en un suspiro. No puedes parar de leer. Por lo tanto, se ha hecho con un hueco en nuestra sección Libros que enganchan.

Sí, es un libro que me ha sorprendido. En primer lugar, porque la autora es francesa. Aunque, por supuesto, no tengo nada en contra de Francia, sí es verdad que le he cogido un poco de dentera al tipo de novela que suelen exportar últimamente: historias tipo Amelie, con ramalazo de autoayuda, tan edulcoradas que, al final, terminan por cansarte.

Sin embargo, la novela de Angélique Barbérat  no tiene nada que ver con La elegancia del erizo o Los ojos amarillos de los cocodrilos, por ejemplo. Para empezar, no se desarrolla en la ciudad de la Torre Eiffel; ni siquiera en Francia. Todo es bastante realista — aunque la forma de narrar de la autora es un tanto fantasiosa y alocada en algunos momentos — y, de hecho, se tocan temas de tanto calado como la violencia y el maltrato a la mujer.

En El instante preciso en que los destinos se cruzan, asistimos a la historia de Kyle y Coryn, personas muy diferentes entre sí — el, estrella del rock; ella, ama de casa con tres hijos — , pero a las que une un nexo mucho más potente que hará que, cuando sus destinos se crucen, todo cambie para siempre. En su historia, encontraremos flechazos, amor en la distancia, ternura y muchas sorpresas.

Lo más bonito de la novela, para mí, es la sensación de Destino — sí, con mayúsculas — que te embarga todo el tiempo. En este sentido, y salvando las diferencias, me ha recordado un poco a la fabulosa Siempre el mismo día. De hecho, es una novela que, posiblemente, gustará a todos aquellos que quedaron cautivados con la de Nicholls. Como en aquel libro, los personajes apenas se empiezan a conocer cuando se separan, pero, a lo largo del tiempo que viene después, sus Destinos están tan conectados, aún en la lejanía, que parece que respiran y sueñan en armonía.

Todo es, por lo tanto, muy romántico y delicado. También muy emotivo. Tienes la sensación de que el Destino es una fuerza magnífica, capaz de lo peor y de lo mejor, justo e injusto a rachas, que hace que las cosas terminen como tienen que hacerlo o como no.

Como creo que os dije con Siempre el mismo día, es un libro que hay que leer y del que se debe decir poco al reseñar. Es una novela que se debe descubrir y que ha de ser descubierta. Por lo tanto, os animo muchísimo a leerla y que me comentéis qué os pareció y, por supuesto, si os gustó tanto como a mí.