Aunque parezca difícil, además de leer libros, también tengo otras aficiones. Soy bastante fan de The Beatles, por ejemplo. De hecho, dediqué una serie de años a aprenderme de pe a pa la mayor parte de las letras de su repertorio. Posiblemente, un nuevo dato estúpido que añadir a mi biografía: lectora compulsiva de libros de dudosa calidad y receptáculo sin fondo de canciones de los Fab Four… No os quejareis, ¿eh? Con cada reseña conocéis algo nuevo — y encantador — de mí.

A la gente le gusta mucho eso de establecer meridianamente cuál es la mejor canción o el mejor álbum de The Beatles. Yo misma, en mis años tiernos, intenté quedarme con la canción o álbum que me parecía más imprescindible; de esos o esas que te llevarías a islas desiertas y cosas por el estilo. Desde hace ya tiempo, lo di por perdido. De hecho, me resulta imposible, y ni siquiera puedo hacer una lista de diez canciones, sin tener la sensación de que cometo una gran injusticia con otras veinte o treinta.

En cambio, lo que sí os puedo decir es que, durante una época, pensaba que su disco blanco (The Beatles, se llama) era mi álbum favorito sobre la faz de la tierra. Por supuesto, me sé todas letras y muchas de las historias que hay detrás de sus canciones. Ya sé que casi todos los discos de los de Liverpool tienen mucha leyenda urbana por detrás y que a casi todos se le atribuyen todo tipo de conspiraciones y suplantaciones de identidad, sin embargo, desde el principio, el Álbum Blanco me pareció especialmente esotérico y magnético. Aunque, aparentemente, sus letras son bastante simples, incluso infantiles, me resultaba inquietantemente fácil reconocer cierto trasfondo místico, parapsicológico incluso, a la altura de otros discos como el The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd, por ejemplo.

En fin, ¿por qué os cuento yo esto? ¿Qué tiene que ver Las chicas de Emma Cline con The Beatles y su Álbum Blanco?

Pues bien, mi fascinación por el Álbum Blanco, ese carácter trascendental que yo intuí, parece que también fue compartido por uno de los personajes más oscuros y terribles de la historia: Charles Manson. Un señor, con el que, por cierto, no tengo nada en común, pero al que he llegado a conocer, más o menos, por su influencia o relación con muchos de mis ídolos musicales. El caso es que Manson, que como todos sabemos estaba bastante mal de la chaveta, vio en el Álbum Blanco y, en concreto, en la fascinante canción Helter Skelter, una especie de profecía sobre una supuesta guerra entre negros y blancos… Hay que tener en cuenta que, a finales de los años 60, la gente consumía muchas drogas alucinógenas… Manson, como bien sabréis, por aquella época, era el líder de una especie de secta tipo comuna, llamada La Familia, a la que se le atribuyeron una serie de asesinatos, entre ellos, el de la esposa de Roman Polanski.

Las chicas de Emma Cline, aunque cambia nombres y mezcla detalles y situaciones, se basa en este terrible momento de la historia americana. A pesar de que no se menciona al Álbum Blanco, ni a The Beatles, — aunque sí que es fácil reconocer entre los personajes a una pseudo copia de Dennis Wilson de The Beach Boys —, el hecho de que fuera una novela basada en Manson y en su crímenes — que irracionalmente despiertan odio y simpatías a partes iguales — fue suficiente aliciente para que me animara a leer esta novela.

A pesar de que, a priori, es bastante fácil tener la impresión de que la novela de Emma Cline es un nuevo acercamiento sensacionalista a un tema sobre el que se ha debatido y conjeturado hasta la saciedad, por suerte, su novela trasciende; va mucho más allá de todo ello. De hecho, fue uno de los aspectos que más me gustaron cuando empecé a leer los primeros capítulos. Las chicas no es un-libro-más-sobre-Charles-Manson. De hecho, no es, en sí, un libro sobre él. Sí, se basa en La Familia Manson; sí, se cometen asesinatos; sí, algunos personajes son claramente reconocibles. Sin embargo, a medida que avanzas con la novela, todo esto se convierte en algo puramente accesorio y anecdótico. Y es que, aunque el asunto Manson es el gancho que se utiliza para atrapar al lector e incitarlo a que lea esta novela — de hecho, fue lo que me impulsó a mi a leerla —, lo realmente valioso del libro de Emma Cline no está ni remotamente relacionado con él.

Las chicas, por tanto, no es una novela sensacionalista, ni que pretende simplemente escandalizar con los retazos de una historia cada vez más antigua que hizo estragos en su momento. No es una especie de revival. Va mucho más allá de todo aquello. Yo la definiría como el retrato pormenorizado de la juventud y, sobre todo, de la mujer, de la mujer de entonces y de la mujer de ahora, y de las escandalosas y vergonzantes similitudes entre ambas. Emma Cline, a pesar de ser debutante y de su juventud, nos sumerge con gran maestría en el ambiente opresor, asfixiante, embotado por las drogas, de las infancias desgarradas de un puñado de chicas, para las que la búsqueda de la aceptación, su propia personalidad y la sensación de pertenencia constituyen los vértices de sus vidas. La autora borda el relato del aterrador paso de la niñez a la adolescencia, de la búsqueda de referentes y de la complicada relación que uno puede experimentar con la persona en la que se está convirtiendo.

Cline con esta visión pormenorizada de la psique adolescente responde, quizás, a una de las preguntas que más de uno nos hemos llegado a plantear a raíz de conocer el alcance de los actos de La Familia. ¿Por qué?  La autora nos acerca al tipo de mujeres que pudieron cometer esos horribles actos, humanizándolas, sin juzgar, pero con la frialdad de un entomólogo — ¿Fueron también víctimas? ¿Tuvieron la oportunidad de elegir? — con la culpa y el arrepentimiento desempeñando un papel protagonista.

En definitiva, Las chicas de Emma Cline es un libro que no os dejará indiferente. Independientemente de si conocéis o no algo sobre Charles Manson y su Familia, es una novela que os calará y que, pos supuesto, os hará querer saber más del tema, que, por otra parte, no deja de ser fascinante. Yo, os la recomiendo, sobre todo por la autora. Me ha encantado su forma de escribir y la capacidad que tiene para narrar un momento tan complicado y sublime como la adolescencia de una niña. No deberíamos perderle la pista a Emma Cline