Hoy me siento muy orgullosa de mí misma ya que he hecho algo que no suelo hacer: terminar una trilogía que he dejado a medias. Si la saga, la trilogía, o lo que sea, está completa en el momento en que empiezo a leerla, sabéis que tiro para adelante como pollo sin cabeza y la leo de corrido. Muchas veces, incluso aunque el último libro esté todavía sin traducir al español. La que escribe, se leyó, en italiano, Tengo ganas de ti de Federico Moccia. Eso era cuando todavía Mario Casas no existía y, en cambio, babeábamos por Riccardo Scamarcio. ¡Qué tiempos!

¡Qué bonito sería que todas las sagas estuvieran completas cuando empezamos con ellas! ¿Pero que pasa cuando no es así, y te fijan la salida del último volumen (siempre suele faltar el último) como mínimo para dentro de 6 meses? Pues despotricas, y te acuerdas de la madre del editor, el traductor y del propio autor. En pocas palabras: Te quieres morir. ¿Ahora qué hago? -te dices- ¿Podré volver a vivir?

Y desde luego lo haces, solo que, en el camino, te olvidas de esas aventuras incompletas que te hicieron vibrar antaño y también dejan de tener importancia. Luego, cuando por fin sacan el tan-esperado-en-cierto-momento volumen, si te enteras de que, efectivamente, ya está a la venta, da un poco de pereza retomar el asunto. Primero, no te acuerdas de casi nada, y ahí te piensas en Charlene Harris y en lo que siempre te fastidiaban los resúmenes en las primeras partes de sus Vampiros Sureños. ¡Cómo me hubiera gustado tener uno! Maldita mujer, al final la vamos a echar de menos. Y, en segundo lugar, te puedes encontrar con que la novela o la historia ha envejecido mal o has sido tú la que lo ha hecho… aunque sea cuestión de seis meses.

Hace un momento, leía la reseña que hice por entonces de los dos primeros libros de la Trilogía La selección de Kiera Cass: La selección y La élite. Los ponía por las nubles, a pesar de que siempre argumentaba que eran libros facilones y que debían observarse desde ese punto de vista. La Elegida, qué queréis que os diga, me ha parecido, en algunos momentos, muy muy facilón… hasta el punto de preguntarme: ¿Por qué leo estas cosas con la edad que tengo? Para ser un tercer libro, el libro final de una trilogía, no es gran cosa, desde el punto de vista de que es un poco anodino. Podría haber sido, perfectamente, un segundo libro, y es que La élite era más interesante de plano.

Lo bueno del asunto es que acaba bien. Hace algunos días una amiga escribía mediante un comentario en el blog que lo había dejado de leer pues intuía como acabaría. Supongo que ella quería que acabara con el personaje con el que yo no quería que acabara, pues, si no, no lo entiendo. No es que sea un final magnífico o parar tirar fuegos artificiales y esas cosas… pero, por lo menos, acaba decentemente. Y eso, como siempre os digo, es algo digno de elogio. ¿Qué queréis? Tenía pocas esperanzas de que esto llegara a buen término. Al fin y al cabo, cuando acabé con La élite todo estaba tan patas arriba, la protagonista tenía tan poco claros sus sentimientos, que todo hacía presagiar que un libro no le bastaría a la autora para terminar decentemente lo que había empezado. Sin embargo, como por arte de birlibirloque, en La elegida, desde el principio, la chica se aclara totalmente, de repente, y todo es maravilloso. ¿Será Kiera Cass seguidora en la sombra de El Ojo Lector?

¿Qué os puedo decir? No hay que pedir peras al olmo. Entiendo que la Trilogía La selección es una saga que hay que leer de un tirón. Estoy segura de que así se podrá disfrutar más. Leyendo, así, a destiempo, te pasas la mitad del tiempo intentando recordar y la otra mitad suplicando porque haya algo más en la historia que un besito casto y puro… Pero claro, son historias de princesas, ¿qué podemos esperar?