Antes de comenzar con esta reseña, dejadme que dé mis más sinceras gracias a Nicanlanu por su recomendación. Reconozco que muchas veces no hago demasiado caso a vuestras sugerencias. Aunque, por supuesto, las tengo en cuenta, muchas son las veces en las que no accedo a vuestras recomendaciones porque, o bien la temática no es la que, precisamente, me apetece leer en esos momentos, o bien porque sé que el libro, de antemano, no me va a gustar. No obstante, acepté la recomendación de Nicanlanu de muy buen grado. De hecho, nada más saber de la existencia de una trilogía cuyo eje central era el maravilloso señor Darcy, dejé de lado todas mis lecturas pendientes para atacarlos sin tregua ni piedad.

¿Por qué? Desde que leí Orgullo y Prejuicio he estado, literalmente hablando, enamorada del señor Darcy. De hecho, puedo decir que quien haya leído la novela de Austen y no se haya sentido mínimamente atraída por él, no tiene entrañas, ni corazón, ni una pizca de sensibilidad. Es, simplemente, maravilloso. Ya sé que es el personaje de un libro, pero yo tampoco soy una persona muy normal, ¿no creéis?

Sobre Orgullo y Prejuicio podríamos hablar largo y tendido, pero todo lo que os estaría comentando serían motivos pocos sinceros acerca de mi devoción hacia la obra. A mí lo que me gustó de la novela de Austen fue, sobre todas las cosas, Darcy. Cuando la leí, siempre me lo imaginé con el aspecto del maravilloso Colin Firth. Eso, sin saber que realmente, para el imaginario colectivo, Firth es Darcy, por la magnífica interpretación que hizo del personaje en la adaptación que la BBC realizó de la novela (¿no os encantan las series de la BBC?). Más tarde, también me convenció la actuación de Matthew Macfadyen en la maravillosa película de Joe Wright. De hecho, después de leer la Trilogía Fitzwillian Darcy, un caballero, mi idea del personaje se aproxima más a él que a Firth. Pero bueno, dejemos eso para más adelante.

Uno de los mejores aspectos de Orgullo y Prejucio es, por raro que parezca, uno de sus mayores handicaps. Me explicaré. Al adentrarnos en la historia de la mano de Elizabeth Bennet, ganamos, sin duda, en el aspecto de que nos es más fácil identificarnos con ella como personaje. En este sentido, vivimos todos los estadios de su relación con Darcy: la reticencia inicial, la ira, la sorpresa, el descubrimiento y el amor. Es algo magnífico, por supuesto. Uno de los mejores momentos de mi vida lectora es aquel en el que Darcy le declara su amor a Elizabeth sin tener ella -y por ende nosotros- ninguna pista acerca de sus sentimientos. No obstante, después de leer la trilogía de Pamela Aidan, he sido consciente de lo poco que realmente conocemos a Darcy. Es bastante improbable que Austen concibiera al personaje tal como lo ha hilvanado Aidan, no obstante, su relato ha venido a confirmar la existencia de un hueco, de un desconocimiento que existía en torno a Darcy del que no éramos conscientes. Esa es una de las razones por la que hay que leer esta serie. El conocimiento íntimo de Darcy, como personaje autónomo, con presente y, sobre todo, pasado.

No obstante, no esperéis de esta trilogía un mero espejo en el que comparar el ojo de Elizabeth con el de Darcy. La obra va más allá. Aunque siempre he elogiado las iniciativas de ciertos autores por escribir desde el punto de vista del otro (por ejemplo, Sol de Medianoche de Stephenie Meyer) he de reconocer que, al final, tales esfuerzos se hacen un poco pesados. Volver a revivir la historia paso por paso pero desde el punto de vista de otra persona, puede resultar un poco tedioso.  Según mi punto  de vista, algo así sucede con la primera parte de la trilogía de Darcy: Una fiesta como esta. Comprende desde la llegada de Darcy y Bingley a Netherfield Park hasta la marcha de éstos a Londres, y es un calco, casi exacto, de la primera parte de la novela de Austen, solo que narrada desde el punto de vista de Darcy. No está nada mal pero si la novela se hubiera basado simplemente en eso no me hubiera gustado tanto.

Afortunadamente, la segunda parte es alucinante. Deber y deseo narra las peripecias de Darcy desde que se marcha de Netherfield Park hasta, más o menos, su visita a Catherine de Bourgh. En este sentido, la trama se transforma completamente. Orgullo y prejuicio se convierte en Jane Eyre; Darcy, en Rochester; y la novela romántica, en una un relato gótico de misterio. En este sentido, conocemos a Darcy como un hombre de acción, increíblemente sexy. Lo confieso: he fantaseado con el movimiento de sus músculos de Darcy bajo su camisa mientras practica esgrima. De hecho, después de esta trilogía, tengo el absoluto conocimiento de que la esgrima es el deporte más sexy que existe y existirá

No obstante, el tercer libro, diga lo que os diga, es el mejor. Quizás, acabe demasiado rápido. No os diré que no eché de menos un “diez años despues”, o el viaje de novios de los Darcy, o una escena de cama o un simple beso con lengua. Aidan parece que, ante todo, permanece fiel al espíritu de Austen. No obstante, de la tercera parte,… sólo puedo decir: ¡Qué bonito! Mientras la lees, sólo tienes ganas de llorar de lo bonito que es todo, lo terriblemente maravilloso que es Darcy, mientras que piensas lo estupendo que sería que tú fueras la señora Darcy, viviendo con semejante hombre en un lugar tan increíble como Pemberley… ¡Espectacular! Me parece perfecto el enfoque que Aidan le da al personaje. Si después de conocerlo de la mano de Austen, piensas que es maravilloso, Pamela lo convierte en un dios. Lo vuelvo a decir ¡Espectacular!

Por último quería también elogiar el gran papel de los secundarios. Desde el ayuda de cámara que recita a Shakespeare, hasta el primo Fitzwilliam, pasando por la hermana Georgiana. Pero sobre todo el papel de Dy, el amigo, el espía… me parecen todos geniales.

Así que ya sabéis. Ni se os ocurra empezar con esta trilogía sin antes haber leído Orgullo y Prejuicio. Las cosas hay que hacerlas bien. Pero si cuando terminéis con el libro de Austen caéis rendidas, como yo, ante el poderío de Darcy, no  perdáis el tiempo con plamplinas… ¡los libros de Pamela Aidan os esperan!