Hace mucho mucho tiempo, leí un libro maravilloso llamado El primer hombre de Roma, el primero de una larga serie de libros sobre el Imperio Romano, de una genial escritora australiana, de extraño apellido, llamada Colleen McCullough. Era una de esas novelas en donde la realidad supera de lleno a la ficción. Los romanos se las gastaban, vaya si se las gastaban. Y, aunque la novela era estupenda, bien es cierto que era un poquitín densa. Todos esos nombre latinos, que si Julias y Julios, que si Octavios y Octavias… Costaba un poquitín digerirla, y además era increíblemente extensa, por lo que, al final, decidí no continuar con la siguiente novela de la serie. Eso sí, desde entonces, constantemente siempre pienso en volver a retomarla, sin éxito la verdad. Ahora, mientras escribo, el siguiente volumen me mira apenado desde la librería…

No sé cómo pero, hace algunas semanas, descubrí que la señora McCullough, además de ser toda una experta en el Imperio Romano, en sus inicios escribió la célebre novela El pájaro espino, que en América Latina se vino a llamar El pájaro canta hasta morir (¿hay mejor título para una novela?), obra que supongo que cobró una máxima relevancia por ser llevada a la pequeña pantalla. A mí, la serie, me cogió bastante pequeña, la verdad, pero supongo que todos nacemos, no sé cómo, sabiendo que El pájaro espino va de un sacerdote que se enamora de una mujer, lo que hace que el hombre sufra un calvario de toma pan y moja.

El pájaro espino empieza de esta manera tan espectacular:

Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace más dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada. Y, al morir envuelve su agonía en un canto más bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto sublime, al precio de la existencia. Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonríe en el cielo. Pues lo mejor sólo se compra con grandes dolores…
Al menos, así lo dice la leyenda.

Y es que es una novela espectacular. Si os gustaron títulos como Ashford Park de Lauren Willig o En el país de la nube blanca de Sarah Lark, posiblemente, este libro también os gustará mucho.

Aunque para la mayoría de la humanidad, El pájaro espino siempre será la novela (o la serie) que  narra la crisis de fe de un clérigo que se enamora, hay que dejar claro que el libro es mucho más que eso. Mientras que lo vas leyendo, te vas dando cuenta de la hondura, de las subtramas, de los conceptos que se tratan. Yo iba buscando una historia de amor, pero lo que he encontrado es una historia de dolor, de una continua batalla entre conceptos antagonistas. Como bien dice la sinopsis, El pájaro espino narra una constante lucha entre el deseo y el deber, entre la vocación y la pasión, entre la ambición y el amor, entre el hombre y la mujer.

Además, nos muestra un mundo increíblemente asexuado. A veces, Drogheda, la finca donde se desarrolla parte de la historia, se me antojaba una especie de casa de Bernarda Alba, donde la fertilidad de sus habitantes se asemejaba a la aridez del terreno donde se asentaba. Porque eso sí, McCullough, como buena cronista, nos detalla minuciosamente la magnificiencia de Australia: fauna, flora, una climatología tan particular como su orografía… Un país de una belleza cruel. Del mismo modo, hace un relato perfecto de la primera mitad del siglo XX, discurriendo su narración en varios países y en diferentes espacios de tiempo, en un historia que tiene mucho de cíclico.

Muchos son, por tanto, los motivos por los que El pájaro espino debería estar en nuestra librería. Además, aunque es un libro algo denso, porque, a pesar de su aparente simpleza, es complejo, y su cadencia es suave y lenta, es un libro que engancha. A lo mejor no en un grado extremo, pero sí con suficiente fuerza como para seguir y seguir leyendo. Como me esperaba, la narración de McCullough es magnífica y llena de detalles.

Desde luego, ya no me referiré a El pájaro espino como una novela que trata de un cura que se enamora. No, ahora, lo recomendaré encarecidamente. Y os dejo, porque quiero ver cuanto antes la serie. Richard Chamberlain, ¡ahí voy!