El aire que respira de Brittainy C. Cherry es el primer libro de la Serie de los Elementos y, según parece, la novela romántica revelación en Estados Unidos. En fin… Yo empecé a leerla, evidentemente, por las buenas críticas, pero también porque eran muchas las personas que manifestaban que la novela le había producido rechazo y atracción a partes iguales. Ya sabéis que el morbo es algo difícil de vencer, por lo que me fui directamente a por ella. ¿Qué esperaba encontrar? Pues supongo que algo del estilo a Prohibido de Tabitha Suzuma, una novela que engancha muchísimo y que da, de vez en cuando, un poco de repelús.

En cambio, lo que hallé fue una historia muy parecida a la La voz de Archer de Mia Sheridan. De hecho, al principio todo me recordaba muchísimo a esta novela. A ver, hay diferencias… En líneas generales, la novela de Brittainy C. Cherry recoge la historia de dos viudos devastados por sus pérdidas, sin embargo, en el plano de la novela romántica, El aire que respiras no deja de ser la típica novela donde el protagonista está tan hundido que su comportamiento pasa de ser el de humano al de un animal. La protagonista, como si fuera una domadora de circo, debe encauzarlo, — con la fuerza de su amor, claro —, curándole las heridas y devolviéndole la felicidad. Por su parte, Brittainy C. Cherry aporta una vuelta de tuerca más. El protagonista no es sólo el que tiene que ser salvado, también tiene que serlo la prota, aunque esta, todo hay que decirlo, está menos hecha polvo que él. ¡Y menos mal!

Como recordaréis, La voz de Archer fue una novela que, en cuestiones de historia, pasó por mi vida sin pena pero sin gloria. En cambio, el personaje de Archer me gustó bastante. Me encantó la forma en que Sheridan trataba la discapacidad de este, y era tan mono y manso que se convirtió, sin duda, en lo mejor de la novela. Supongo que por eso le di tres estrellas. El aire que respira, por el contrario, ha conseguido algo poco habitual en este blog:  tan solo una estrella en nuestro ranking. ¿Por qué?, os preguntaréis. Pues, porque, básicamente, me ha parecido una de las peores novelas que he leído últimamente. Y no es por el tema, que, como ya os digo, es típico a más no poder, sino por cómo se trata todo.

Pero comencemos por el principio…

Leyendo tan solo unos pocos capítulos de El aire que respira te explicas por qué a muchas personas le ha llegado a dar un poco de dentera. A ver, los protagonistas tienen algo en común: han perdido a sus parejas recientemente, e, incluso, un hijo, en el caso de él. Es un tema duro, aunque, por otra parte, no es algo que nos sea totalmente desconocido. Hay muchos libros de viudos, de personas que encuentran el amor después de haber sufrido una gran pérdida. Lo que diferencia al de Brittainy C. Cherry del resto de la clase es que, en su novela, ambos protagonistas utilizan su dolor para salir adelante. Comparten su tristeza y rabia, y, para combatirlas, se les ocurre la genial idea de acostarse, pero imaginándose que lo hacen con sus parejas fallecidas. Algo parecido a cuando te acuestas con tu novio e imaginas que lo estás haciendo con David Gandy, solo que, en vez de pensar en un tremendo macizorro repleto de salud y gloria, piensas en tu pareja que está… ¿muerta?. ¿La palabra es deprimente? ¿Enfermizo? ¿Rarito? Me resulta bastante difícil ponerme en la piel de los protagonistas, ya que no he sufrido ninguna pérdida parecida. No sé si, estando en su situación, se me iría tanto la cabeza. No obstante, no deja de resultarme inquietante leer diálogos de este tipo (sí, me los he apuntado y todo):

— Lo has sentido, ¿verdad? Tú también lo has sentido — dije mientras se alejaba — Ha sido como si… Como si aun estuvieran aquí. He sentido como si Steven estuviera aquí. ¿Tú has sentido a tu mujer…?

WTF?? ¡Y eso justo después de darse el primer beso! Ya puedo estar más sola que la una en la vida que, si alguien me dice eso después de un beso — con lengua incluida —, cojo carretera y manta y me encierro en un convento de clausura. ¿Puede haber un diálogo más castrante? ¡Corta rollo total!

En cualquier caso, como era de esperar, ya que era racionalmente imposible mantener esa situación por mucho tiempo, los protagonistas recapacitan y dejan de hacer algo tan tan enfermizo. No obstante, a nivel de novela, no sé si hubiera sido mejor que esto no hubiera sucedido. Me explico. Mientras que los protagonistas se comportaban como perturbados — con razón o sin razón — la novela tenía algo de gracia… A ver, gracia morbosa… Sin embargo, cuando todo se normaliza y se vuelve más romántico, la historia se cae por su propio peso.

Todo está tan… estereotipado. Todo es tan… irreal. Todo está tan hecho para conmover al lector… Que me da más dentera todo eso que el propio hecho de que alguien le coma la boca a otro pensando en su pobre marido muerto. A ver, ya sé que todas las novelas románticas están bastante estereotipadas. Por suerte o por desgracia, todas las historias suelen estar cortadas siguiendo el mismo patrón, y es que, en cierto modo, suelen estar pensadas para mujeres y para que nos gusten. Sin embargo, siempre he pensado que puedes leer novelas románticas y no tener el encefalograma plano. No por leer y disfrutar leyendo historias de amor somos tontas. ¡No siempre vale todo! O al menos eso quiero pensar…

En El aire que respira, la propia historia de amor es lo menos malo. Por suerte, la protagonista no está del todo desquiciada y él… Bueno de él hablaremos más adelante. Sin embargo, la especie de duelo extraño, que no tiene ni pies ni cabeza, que se monta la autora entre la pareja y el pueblo es para mear y no echar gota. Por favor, ¿existen pueblos así? ¡Si parece Salem en plena caza de brujas! La gente no es solo mala malísima, es que encima es perversa porque sí, sin explicación. ¡Peor que en los culebrones de la sobremesa! Un maniqueísmo extremo en el que los buenos parecen santos y los malos son la encarnación de Hitler.

El más bueno de todos, claro está, es el protagonista, Tristan, que parece especialmente creado para que babeemos cantidades ingentes de saliva, pero que a mi me ha producido mucho rechazo. A ver, a lo mejor tú, que me lees, eres una obsesa de las princesas Disney y te encantan este tipo de cosas, pero yo me encuentro a un maromo totalmente tatuado con personajes de dibujos animados y pienso en cosas muy muy extrañas… No me parece nada sexy, al contrario, me parece… ¿rarito? Y luego, todo ese asunto de los hombres y los niños. Ya sé que las madres, cuando rehacen sus vidas, suelen tener muy en cuenta que el elegido se lleve bien con su progenie.. Supongo que  Brittainy C. Cherry también es consciente de ello ya que su protagonista, la mayor parte del tiempo, lo pasa jugando con la niña de la prota. Sí, ya se que tengo el corazón de piedra, pero, sinceramente, ¿en serio? Será que no tengo hijos, y no entiendo de esas cosas, pero me parece tan casposa esa visión de la mujer que se vuelve de plastilina simplemente por ver a un señor con un niño. Cuando me gusta un hombre, lo quiero para mí y que esté para mí y por mí. Y sí, que a mis hijos — si los tuviera — los quiera, ¡pero ya está! ¡Los focos a mi persona! como decía La Pantoja.

Y luego, el final. ¿Qué os puedo decir? No sé ni calificarlo. Lo que al principio parecía una novela amable sobre las segundas oportunidades, el empezar de nuevo, y todos los tópicos más manidos  — y positivos — que una se pueda imaginar, termina desembocando en un thriller que no tiene ni pies ni cabeza. Personajes que, en principio, se antojaban entrañables, se convierten en la mismísima encarnación del mal, y hay ciertas idas de olla por parte de la autora que me han dejado ojiplática.



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En fin, no sé si esta El aire que respira fue en su momento la novela romántica revelación en los Estates. Para este Ojo Lector, ha sido una de las peores lecturas de los últimos tiempos, y, aquí, precisamente, no leemos Joyce… ¡Cómo está el patio!