Son varias las razones por las que se llega a elegir un libro y no otro. A veces, es por el autor, que ya has tenido la oportunidad de leer, y te gusta; otras, por la temática, para qué negarlo; sin olvidar las famosas etiquetas best-seller y no-se-cuanta-ava-edición. Yo me decidí a leer Un robot en mi jardín por la portada, porque mola mogollón, y porque, a través de ella, deduje que sería un libro de esos tiernos y amables que te dan constantemente lecciones de vida.

De Deborah Install, no sabía nada, y tampoco es que hubiera mucho que saber ya que Un robot en mi jardín  es su primer libro publicado, aunque según su biografía escribe prácticamente desde que tiene uso de razón. Somos muchas las que encajamos en ese perfil…

Un robot en mi jardín es una novela que precisa ser leída a ritmo lento, como si en vez buscar divertirnos o evadirnos con ella (que también) persiguiéramos aprender de lo que en ella se nos cuenta. La historia es un tanto estrambótica, en el sentido de que, en algunos aspectos, es bastante surrealista. La amistad entre un ser humano y un robot nos exige gran cantidad de imaginación y mucha vista gorda para poder asimilarla. Sin embargo, tras leer las primeras páginas de la novela de Install, te das cuenta que no es preciso buscarle cinco patas al gato al asunto o mirarlo todo, constantemente, desde el prisma de la racionalidad. Te tomas la lectura como una fábula, como una especie de cuento con moraleja incluida. Con una moraleja con la que aprender.

¿Y de qué va la novela? Bueno, además de lo que es a simple vista – el viaje de un robot y un humano, a través de los más dispares países y situaciones, para encontrar la respuesta a algo – Un robot en mi jardín es, por su puesto, una novela sobre la amistad, la superación personal y la madurez. El propio viaje físico que sus protagonistas experimentan es, asimismo, un viaje interior que los transforma, que los hace madurar y convertirse en mejores personas (y robots). Todo es muy dulce y bien intencionado, con un final abierto que quizás nos depare nuevas historias relacionadas.

Es posible que lo que más me haya gustado de la novela sea el concepto de viaje, muy encaminado a la idea de libertad, que los personajes manejan. Con varias escalas en diferentes países – me ha encantado la visita a Japón y como se describe todo lo que allí acontece -, la novela sirve de inspiración para todos aquellos que una vez quisimos coger un avión sin escalas determinadas. Hoy me encuentro en Londres; mañana, en San Francisco; pasado, estoy en el tren bala; al siguiente, en una playa bajo el sol. Envidio mucho al protagonista, la verdad.

Y lo que menos me ha gustado es que, posiblemente, en algunos instantes, la novela peque de un ritmo demasiado lento. Lentitud que, probablemente, se deba a que se añaden detalles un pelín insustanciales, – sobre todo al final de la novela, con viaje a Ikea incluido -, que, a mi parecer, no aporta nada. También, se resuelve todo demasiado rápidamente y de manera un tanto fácil, de tal forma que parece un poco forzado. Sin embargo, partiendo del hecho de que es su primera novela, no está nada mal para Deborah Install. Estaremos atentos a sus nuevos libros. ¡Segurísimo!