Hace algunos días que no doy la cara por este chiringuito. Lo siento, pero no me echéis la culpa a mí. Podéis echársela a Celeste Bradley y a su Trilogía de las Herederas, que ha disfrutado en exclusiva de mis ojitos durante, aproximadamente, dos semanas.

Si paseais mucho por aquí, sabréis que esto no es algo muy normal. Si los libros me gustan, ya pueden ser tres que doce, que los leeré en tiempo récord, a pesar de que muchas veces he llegado a tocar fondo por ello. Esta trilogía de Celeste Bradley ha tenido en mí un efecto desigual, lo que ha hecho que mi ritmo de lectura algunas veces fuera muy lento y otras, frenético. Pero, como siempre, me explicaré.

Si hacéis memoria, yo venía de leerme la Trilogía de Fitzwilliam Darcy: Un caballero  (que os recomiendo encarecidamente). Pues bien, cuando lees con el Kindle -muy cómodo por cierto- y acabas un libro, justo al final, te aparecen una serie de libros que otras personas que leyeron el que tú te acabas de terminar leyeron también. Es un poco lío, lo sé. Al fin y al cabo, son recomendaciones de Amazon sobre libros de la misma temática que podrían interesarte.

La tienda Kindle es un artilugio infernal. Con un solo click, y previo pago, te descargas un ebook a la velocidad de la luz, alabando las ventajas de las nuevas tecnologías, mientras te clavan a precio de libro de bolsillo un soporte digital… De esta manera, conocí la Trilogía de las Herederas… Leí un poco y, compulsivamente, le di a descargar. Según parecía, estos libros se desarrollaban, más o menos, en la misma época que la trilogía de Darcy, y tenían pinta de romanticones… ¿qué quería mas?

La Trilogía de las Herederas de Celeste Bradley nos sumerge en la vida de tres primas: Phoebe, Deindre y Sophie, todas ellas solteras, enteras y en edad de merecer. Un antepasado loco dejó en testamento que la primera chica, descendiente suya, que consiguiera casarse con un duque, heredaría una suculenta dote. Evidentemente, ellas no pueden ir por ahí diciéndolo a los cuatro vientos -sería demasiado fácil-, por eso cada una, a su manera, intenta conseguir su objetivo. Vamos, son buenas chicas, no unas lobas cazarecompensas, no me malinterpretéis.

Como cada una es como es, cada uno de los libros son como son: muy desiguales. El talento de Celeste Bradley sube y baja como una noria. El primero, por ejemplo, A la caza del duque, es uno de esos libros que hacen que te cubras la cara por sentir vergüenza ajena (no sé si por las vivencias de los propios personajes o por la propia autora, por hacerles pasar por ese tipo de cosas). Por ejemplo, el inicio del libro es el siguiente:

Es muy probable que esto no signifique nada especialmente portentoso, pero cuando la señorita Phoebe Millbury, la recatada hija de un vicario, conoció al hombre de sus sueños, de lo primero que ella se enamoró fue de su trasero.

¡Tenéis que entenderme!. Yo venía de estar con el encantador Sr. Darcy; venía de leer una serie de novelas en las que los protagonistas no se dan ni un mísero abrazo, ni un patético piquito… ¿Os imagináis a Elizabeth Bennet mirándole el culo de Darcy? Yo me he imaginado haciéndolo cientos de veces, pero que lo haga Elizabeth… ¡No way!

Pues el primer libro es así. En una época donde las mujeres eran, o parecían, mucho más mojigatas que yo, Bradley da una vuelta de tuerca al género, y huye de cualquier tipo de convencionalismo. Más que humor, el efecto que causó en mí, como os he comentado, era un poco de vergüenza ajena… ¡las mujeres no eran así! ¿o sí?

Por suerte o por desgracia, en el segundo libro, El duque que no sabía amar, Celeste se relaja un poquito y la protagonista es medio como-debe-ser. Y digo por desgracia porque, a pesar de que son elogiables sus intentos por darle un poco de compostura a la fémina, también es cierto que se le va de la mano todo el asunto y el libro es un tanto aburrido y lento, sobre todo en los dos primeros tercios de la historia.

Me imagino a Celeste y a su editor (o editora), mano a mano, comentando las dos primeras entregas de la trilogía. “Celeste, el primer libro era original y realmente enganchaba, pero se te fue la pinza y tu protagonista era una verdadera inconsciente (para aquella época). Luego, en el segundo libro, intentaste arreglarlo, pero te pasaste y escribiste un verdadero tostón, aunque al final lo arreglaste. Así que dime, Celeste, ¿qué vas a hacer con la siguiente entrega?“.

Entonces, pudieron pasar dos cosas: Que Celeste, consciente de su fracaso como escritora e incapaz de afrontar una tercera parte, se diera a la bebida y la editorial tuviera que contratar a un negro que terminara el trabajo; o que Celeste hiciera de tripas corazón y se pusiera a escribir el mejor libro de la trilogía. Sea lo uno o sea lo otro, el resultado es El duque más deseado:  un libro que engancha hasta el punto de terminarlo en menos de 10 horas. Sin duda, la mejor forma de cerrar una trilogía, ¿no creeis?

En favor de Bradley hay que decir que, aunque se le va un poco la pinza y hay veces que se saca conejos de la chistera que, de ningún modo racional, deberían estar ahí, tiene un don especial para describir los encuentros sexuales (o presexuales) de los protagonistas. En sus libros no hay muchas escenas de sexo, pero las que hay están descritas de manera muy sensual y elegante, aunque es un poco propensa a la felación. Por otra parte, creo que se le da mejor meterse en la psique masculina que en la femenina. Sus personajes masculinos son más interesantes, a mi modo de ver, que los femeninos, por lo menos son mucho más divertidos.

En fin, ¿qué os digo? ¿que os leáis el último libro? ¿que los leáis todos? ¿que no leáis ninguno? ¡Volved a leed mi crítica y, lo que decidáis, bueno será!