La trilogía Crash (a.k.a Jude Ryder) de Nicole Williams siempre ha estado ahí, pero, a la vez nunca ha estado. Recuerdo que veía sus libros en todas las librerías. Al principio, sólo había una entrega; luego, ampliaron a dos y, finalmente, descubrí que era una trilogía. Ya sabéis que me encantan. Sin embargo, pensaba que eran novelas que seguían la estela de Cincuenta Sombras (de hecho, hoy en día, quién no la sigue) y, más tarde, no sé por qué, pensé que eran libros romanticones para jóvenes muy jóvenes. No me preguntéis qué me hizo pasar de un caso a otro.

Tampoco me preguntéis qué me impulsó a leerlos finalmente. Un día estaban en una estantería cualquiera, otro los estaba leyendo y, aunque no tienen nada que ver con Cincuenta Sombras, y ni mucho menos con nada relacionado con jóvenes muy jóvenes, sí que es verdad que, en esencia, se parece muy mucho a Maravilloso desastre de Jamie McGuire. Así que supongo que a las fanáticas de Travis Maddox os encantará.

Aunque al principio tuve una especie de epifanía al descubrir que los protagonistas se llamaban Lucy y Jude y que el padre de la chica todas las mañanas ponía el Sargento Pepper (¡madre mía!, soy una fanática de los Beatles sin remedio), he de reconocer que esta trilogía me ha resultado más deficiente que el libro de Jamie McGuire. A ver, no está mal, pero a veces la historia resulta un poco pesada. Se le dan demasiadas vueltas a aspectos intrascendentes y cansinos y, en cambio, ciertos asuntos se resuelven de una tacada. Es decir, en ciertos puntos (demasiados a mi entender) hay impedimentos para que los protagonistas puedan estar juntos. Algunas veces, los motivos son realmente estúpidos y poco coherentes con la historia y los propios personajes. Pues bien, esos inconvenientes, esos muros insalvables, desaparecen de un plumazo con un detalle increíblemente supérfluo, y eso siempre me ha resultado muy cutre. Al fin y al cabo, es un recurso más para rellenar libros y una manera horrible de desarrollar una historia. Señores y señoras, hay que saber cuándo parar de rizar el rizo.

El primer libro está muy bien; el segundo, si no existiera, tampoco hubiera pasado nada; y el tercero es más de lo mismo. Es decir, la historia, fácilmente, se podría haber quedado en un libro, algo gordito, eso sí… y vámonos que nos vamos. Pero ya sabemos que poderoso caballero es don dinero, ¿verdad, amigos? ¿Qué da más dinero, un libro gordito o tres? Blanco y en botella…

Algo a favor de esta trilogía, además de alguna que otra referencia a los FabFour,  es que, particularmente, en cuanto a forma de ser, me gusta más Jude Ryder que Travis Maddox. A ver, tienen muchos aspectos en común. Ambos son muy inestables y malotes, aunque lo compensan con un gran sentido del romanticismo. Sin embargo, Jude me gusta más. Jugador de fútbol americano -ya sabéis que me pirran-, con su camioneta enorme (no sé a qué viene el detalle de la moto en una de las portadas), el pedestal en que pone a su chica en todo momento… Creedme, de todo lo leído, -y ya sabéis que es mucho- creo que Jude Ryder es de lo más romántico que he tenido la oportunidad de conocer y, a mi modo de ver, es uno de los aspectos que salvan a estos libros. A la chica, la tiraría directamente por la ventana… Para variar, ¿verdad?

Por lo demás, final predecible desde el principio, convencional a más no poder e incoherente por lo facilón que resulta todo. En fin, no está mal. Se lee muy fácilmente, engancha, bla, bla, bla… pero no pasa mucho más de ahí.