Quizás sea una teoría que solo comparto yo, pero creo firmemente que, algunas veces, el que nos guste más o menos una novela no depende de lo mejor o peor escrita que esté o de lo interesante o aburrida que sea; a veces, el éxito de un libro está muy subordinado a las expectativas que generas en torno a él.

Por ejemplo, está la típica novela que todo el mundo te pone por las nubes y que después es una bazofia; aquella con maravillosa portada que invita a soñar y solo tiene eso, portada; las increíbles y majestuosas sinopsis que escriben los publicistas; las reseñas de blogueras con ínfulas como yo; y, por su puesto, las mentirosas listas de los más vendidos.

Un caso un poco más raro — de hecho es la primera vez que me topo con él — es cuando es el propio autor o autora, en el comienzo de la novela, el o la que genera ciertas expectativas que todos esperamos — cómo no — que se terminen cumpliendo. Es, concretamente, lo que sucede en El noviembre de Kate de Mónica Gutiérrez, que empieza más o menos así:

“… Cuando les pedí a Kate y a Don que pusieran por escrito los recuerdos de aquellos días, no tardeé en ser consciente del valor de sus palabras. Apenas empecé a leerlos, comprendí que nada mejor que pasar a un segundo plano de corrector en la sombra y dejar que ellos se expicaran. Su voz dotaba de autenticidad unas vivencias que a mí siempre me han resultado algo oníricas, rozando lo inversosímil, si tenemos en cuenta la poca magia que queda en este mundo…”

Eso se le llama apuntar… altito. ¿No creeis?

No sé si os ha pasado lo mismo a vosotros pero, cuando yo leí las palabras que he remarcado en negrita, solo pude pensar en que tenía ante mi un precioso libro que contendría una original, mágica y muy auténtica historia de amor. Ya sabéis que me vengo arriba demasiado rápido. De 0 a 100 en un nanosegundo. Así que esperaba algo épico, inolvidable… En definitiva, tenía de compañeras, mientras leía, unas bonitas expectativas.

Lo primero que me chocó del libro es que, aunque la autora advierte en el comienzo del libro — sí, antes de la frase épica — que toda la geografía, personajes y las situaciones de esta historia son producto de su imaginación, los personajes tengan, por igual y en casi en modo random, nombres ingleses y españoles (o anglosajones y latinos, como queráis). Es un mix muy raro que chirría.

La acción parece que se desarrolla en una especie de ciudad de Gran Bretaña, la chica se llama Kate, el chico se llama Don… pero luego te encuentras a un Santi y a un señor apellidado Torres… Y, a partir de ahí, empiezas a pensar en Gibraltar, en los monos del peñón y en cosas muy raras… No sé, fue un detalle que me puso un pelín nerviosita, y el olor a chamusquina hizo su aparición estelar.

Sin embargo, lo peor sea posiblemente que te pasas toda la novela esperando, ya no solo que pase algo épico — que no pasa — sino que, simplemente, llegue a pasar algo. Cuando terminas de leer piensas: ¿De verdad esta historia se merecía un libro?

El noviembre de Kate es una novela que, aunque reconozco que no está mal escrita, es la típica novela de personas perdidas y de almas destinadas a encontrarse. Todo es muy feeling good, en plan bufandas calentitas, tortitas y chimeneas. Tan amable, tan perfecto, que chirría. Que saca de quicio.

¿Conexión entre los protagonistas? ¡Nada! ¿Tensión sexual? ¿¡Qué es eso!? Todo se resume a la historia de dos personas corrientes, con problemas corrientes, que se encuentran y que se ven obligadas a convivir durante unos cuantos días, por un temporal nivel bíblico — según la autora — , junto a un jubilado, un hermano frívolo y una señora con sus dos gemelos. ¿Puede haber algo más romántico? ¡Tiembla en tu tumba Jane Austen! ¿¡Y que decir de toda esa trama pseudo-tecnológica con hackers y frikis que se queda en un perfecto quiero y no puedo de manual!?

Es el problema de generar expectativas…

Si esa desafortunada frase del principio no hubiera existido, quizás El noviembre de Kate podría haber tenido una estrellita más. Hubiera sido una novela amable más — una novela demasiado amable y pelín empalagosa — pero sin pretensiones artificiosas. Sin embargo, la caída ha sido tan estrepitosas (desde mis expectativas hasta la realidad) que solo puedo decir que no me ha gustado. Quizás, con otros libros de Mónica Gutiérrez tenga más suerte, porque escribir, escribe bien. ¡Eso hay que reconocerlo!