El jardín de Sonoko de David Crespo es una novela que me ha dejado totalmente descolocada. Reconozco que empecé a leerla por las reminiscencias orientales que desprende. La edición en papel es preciosa, muy elegante pero llamativa, estéticamente prometedora. Como sabéis, me encantan este tipo de novelas — las japonesas —, aunque, en esta caso, su autor, David Crespo, tenga poco de oriental. Sí, abordaba el asunto del dichoso hilo rojo, que ya sabéis que, de un tiempo a esta parte, está hasta en la sopa. Sin embargo, lo positivo ganaba por goleada a lo negativo: había más motivos para leerlo que para no hacerlo, y me lancé a por él.

Desde sus inicios, El jardín de Sonoko me sorprendió; lo hizo sobre todo David Crespo y su manera de escribir. Es una novela muy japonesa. La narrativa, como suele ocurrir en este tipo de relatos, es sobria y correcta; formal, pero, por otra parte, cargada de emoción. Ese detalle me encantó desde el principio, y, con ello, la novela me llevó inmediatamente a su terrero. Es curioso el conocimiento tan íntimo que tiene Crespo, barcelonés, de la cultura japonesa, y cómo adopta el propio lenguaje de los autores de aquel país de una forma tan natural.

El planteamiento inicial del libro me gustó: el despertar a la vida de un joven vendedor de zapatos, que durante muchos años vivió recluido en una habitación, y que, en la actualidad, vive una vida increíblemente cuadriculada. La figura del hikkomori siempre me ha llamado muchísimo la atención. Se trata de una relativamente nueva enfermedad social que impulsa a los jóvenes — japoneses en su mayoría — a aislarse completamente de la sociedad para evitar toda presión exterior. Los hikkomori suelen pasar largas temporadas, e incluso años, enclaustrados en alguna habitación del hogar familiar, siendo su ordenador, la televisión o los juegos en línea sus únicos nexos con el exterior. Es, sin duda, un fenómeno increíblemente interesante y muy conectado a la realidad tecnológica que actualmente estamos viviendo. Así que el hecho de que Kaoru, el protagonista, hubiera sido durante cinco largos años uno de estos hikkomori fue algo que captó mi atención casi al instante.

El propio Kaoru me resultó, desde el inicio, también, un personaje muy interesante por su visión del mundo tan cuadriculada y poco convencional. No os miento si os digo que le presuponía algún tipo de principio de autismo o de síndrome de Asperger.  Era extraño de narices, y su manera de pensar aún más. Me recordaba muchísimo al protagonista de El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon. Si habéis leído este fabuloso libro, sabréis exactamente a lo que me refiero.

Y es que, en sus comienzos (siempre en sus comienzos), El jardín de Sonoko se parecía incluso un poco a algunas obras de Murakami, en las que parece que nunca pasa nada y, en las que, a la vez, suceden muchas cosas. En cualquier caso, toda ellas captaban poderosamente mi interés: un amor escondido, un misterio del pasado, obsesiones, el asunto de los hikkomori… Era todo increíblemente prometedor.

Sin embargo, justo en el ecuador de la novela, una historia que parecía que iba a centrarse en el resurgimiento, en la vuelta a la vida, en, por qué no, las segundas oportunidades, se transforma en una especie de cuento de hadas (con madrastras y princesas en castillos), con tintes de tragedia griega, que, sinceramente, aún ahora mismo, no sé si me acaba de encajar o no. Parece que la segunda parte de la novela la hubiera escrito otra persona, o la misma persona, cambiando absolutamente el tipo de novela que quiere escribir.

Y es que lo que parecía una novela sobria, pelín lenta y elegante, se precipita, sin frenos y cuesta abajo, de una manera vertiginosa y bastante estrepitosa. Los personajes empiezan a sacarse conejos de la chistera, aparece información por arte de magia de la que no teníamos noticia (ni la esperábamos)… Todo se convierte en algo un poquito caótico, desquiciado y, por qué no decirlo, un poco rollo. Por supuesto, no se vuelve ahondar en la pasada vida como hikkomori del protagonista, es como si, a partir de cierto punto, la vida del protagonista cambiara de tal forma que se olvidara de todo lo que había sido y era. En cierto modo, esto es algo que ocurre en la propia historia de Kaoru, sin embargo, la ruptura con lo anterior me resultan tan tajante y, por otro lado, tan caótica, que buena parte de la novela y su desenlace me dejaron totalmente descolocada.

Aunque la prosa de David Crespo sigue siendo igual de correcta y elegante en la segunda mitad — todo hay que decirlo — lo cierto es que los derroteros que toma la historia, a la vez que la manera en que se desarrollan y argumentan una serie de giros en la trama, propiciaron que la novela no terminara de gustarme lo que, en principio, pensaba que me gustaría. Una auténtica pena. Sin embargo, me ha gustado el autor y su manera de escribir: no le perderemos la pista.