Empecé a leer El arte de romperlo todo de Mónica Vázquez (a.k.a. @ElectricNana) con un poco de suspicacia. Sí, ya sé que pensáis que soy increíblemente exagerada; que, a veces, cuando abordo un libro, parece más que voy a la guerra que a sentarme tranquilamente a leerlo… Está bien, aceptamos pulpo como animal de compañía… Pero, de verdad, no os miento al decir que iba con pies de plomo en esta ocasión. ¿El motivo? Bueno, como sabéis, no suelo hacer demasiadas migas con los libros que escriben personas famosas; es decir, novelas de gente conocida, que tienen más o menos éxito en su profesión, y que, de repente, deciden escribir un libro. Y no es que yo tenga nada en contra del pluriempleo y de la libertad de expresión, solo que creo que no he tenido excesiva suerte con lo que he leído al respecto.

Mónica Vázquez, también conocida como Electric Nana, es cantante (entre otras cosas), aunque reconozco que no supe de su existencia hasta tener su novela en la mano y leer su biografía. Desde que empezó a pegar fuerte el reguetón, me olvidé totalmente de las radio fórmulas, así que estoy algo fuera de onda en según qué estilos. Así que, hasta cierto punto, es lógico y normal que no la conociera. Además, creo que no me ha venido del todo mal ser una completa ignorante a este respecto: he abordado el libro sin prejuicios (menos a lo relativo a mi extraña fobia hacia los libros de celebrities-escritoras, claro).

Sin embargo, un libro se empieza a leer porque se quiere, y siempre hay razones que te impulsan a hacerlo. ¿Las mías? Pues, fundamentalmente, dos. Por un lado, me apetecía leer El arte de romperlo todo porque se desarrollaba en Escocia (concretamente, en Edimburgo). Estaba meridianamente claro que no iba a perder la oportunidad de recrearme con un buen kilt enfundando las caderas, piernas y todo lo demás de un apuesto escocés. Ya sabéis que me pirran y, en general, todo lo relacionado con la parte norte del Reino Unido (menos Mel Gibson en Braveheart, que una tiene su estomaguito). Por otro lado, me llamaba la atención esta primera novela de Mónica Vázquez porque abordaba la vida de una estrella del rock. En este caso, la estrella del rock era la chica, pero, bueno, ya sabéis que también me encantan este tipo de historias. No sé… Me resultan más cañeras, auténticas, y, desde luego, no tan edulcoradas como el resto de novelas de este tipo. Además, para qué negarlo: siempre sucumbo al dichoso efecto escenario, ya sea en un concierto o en un libro.

Así que, con estas, empecé a leer… ¡Y reconozco que no tuve narices de parar! ¡Fue completamente imposible! El arte de romperlo todo es una novela increíblemente adictiva que terminas en tiempo récord. Dejando de lado mis prejuicios, y en honor a la verdad, la novela me ha sorprendido y gustado bastante. En algunos aspectos, se nota que es una primera novela, pero, en líneas generales, me ha parecido un debut bastante aceptable.

Pero vayamos al lío…

Aunque parezca extraño, los motivos por los que pensaba que me gustaría El arte de romperlo todo, finalmente, no resultaron ser los que más me han gustado de la novela.  Supongo, que tras leer la sinopsis del libro, esperaba encontrar algo del estilo de Highlander tenías que ser de Laura Nuño: una de chicos guapos escoceses, conciertos y groupies por doquier. En cambio en la novela de Mónica Vázquez no aparece ni un mísero kilt, y el hecho de que la prota se dedique a la música no se ve como algo precisamente positivo. Por supuesto, está Edimburgo, que es magnífica, y hay algún que otro chicarrón buenorro, pero nada demasiado épico, todo hay que decirlo. Y, sin embargo, al final, esto es lo que más me ha gustado de la novela: que no sea nada parecido a lo que me esperaba.

Más que la historia de amor, que no está del todo mal, lo que más me ha sorprendido (y gratamente) de este El arte de romperlo todo es la parte que aborda todo lo relativo a la profesión de músico y lo que implica llegar a ser una estrella de rock. La primera mitad de la novela, que para mi es la mejor, trata todo ello desde un punto de vista nada convencional. Siendo la autora músico, una se llega a preguntar cuánto hay de realidad y de autobiográfico en todo ello, la verdad. En cualquier caso, se nota que sabe sobre lo que escribe; hay una especie de sinceridad en sus palabras que te conmueve y que hace que conectes con lo que nos narra.

La mayor parte de los mortales pensamos que los cantantes, las estrellas del pop, del rock y del gospel (si nos ponemos) son unos auténticos privilegiados. Tienen fama, dinero, son guapos, se relacionan con gente guapa,… ¿que más se puede pedir, verdad? Sin embargo, Mónica Vazquez dibuja un panorama totalmente distinto: discográficas que abusan, artistas que se ven obligados a perder su identidad, la concepción de que el talento debe subordinarse al éxito y a lo que vende… En definitiva, un retrato bastante duro de la industria discográfica que, en la segunda parte del libro, se intenta endulzar con una amable historia de amor. Todo ello inmerso en una especie de novela en plan viaje-iniciático, donde la protagonista volverá a resurgir, empezando desde cero y curándose las heridas.

Sin embargo, como os dije, el mayor atractivo de la novela reside en la particular visión que se ofrece de la industria musical y el momento cabreo/hastío de Miranda, la protagonista, que no tiene desperdicio. Incide en una especie de anhelo que más de una (y uno) habremos tenido más de una vez: ¿Qué pasaría si mandara todo al garete? ¿Que pasaría si mañana le dijera a mi jefe: adiós muy buenas, ahí te quedas, majo? ¿Como sería si nos olvidáramos de las consecuencias y tiráramos para adelante en pos de la felicidad, para sentirnos mejor? ¡Una gozada, ¿verdad?! Pues, un poco sobre eso va El arte de romperlo todo, y aunque esta primera novela de Mónica Vázquez habla sobre el mundo de la música, creo que el sentimiento que la recorre no es muy diferente al que podemos sentir cada hijo de vecino en el ejercicio de nuestras profesiones. Creo que, por eso, me he identificado mucho con ella.

Lo que menos me ha encajado, para variar, es el final. ¿Habrá segunda parte? Es lo primero en lo que pensé cuando llegué a la última página. Y es que El arte de romperlo todo, para mi gusto, termina demasiado precipitadamente. No solo todo se resuelve increíblemente rápido, sino que se quedan algunos asuntos en el tintero sobre los que, la verdad, me gustaría haber sabido más. Ojalá haya una segunda parte; sería el broche perfecto a un libro que, sí, me ha sorprendido.