A lo tonto, a lo tonto, me estoy haciendo muy muy fan de Sara Mesa. Si, hace unos meses, disfrutaba de lo lindo con Cicatriz, hoy le toca el turno a su Cuatro por cuatro, que, en 2003, fue Finalista del Premio Herralde de Novela.

Es curioso lo que nos puede evocar o adónde nos puede transportar un autor con sus palabras. También, es sorprendente cómo nuestro cerebro las asimila. A partir de ellas, crea un universo paralelo. Es algo que siempre me ha impresionado; la capacidad de nuestras mentes configurando escenarios. Cómo, cuando cerramos el libro, ya sea por un segundo, ya sea por unas horas, ya sea por unos días, y volvemos a abrirlo, esos escenarios siguen ahí, inmutables, igual que los dejaste, porque son así y siempre lo serán. Lo realmente acojonante es cuando ves esos lugares, extrapolados a la gran pantalla, y los reconoces como si ya hubieras estado en ellos, como si los hubieras visitado. Siempre me he preguntado si es fruto de la gran habilidad descriptiva del autor o de nuestra mente colectiva. Nunca deja de sorprenderme.

Tampoco deja de sorprenderme que, cada vez que leo algo de Sara Mesa, todo lo que en sus novelas acontece está teñido de un color amarillo, un amarillo polvoriento, sucio e implacable. Será porque las historias de la autora son tan rotundas, tan crudas, tan despiadadas, que no hay lugar para el color y todo parece amortiguado, como cuando tienes una inmensa gripe, como si te encontraras dentro de una pesadilla.

¿Pero de qué va Cuatro por cuatro? Como ya os comenté en la reseña de su novela anterior, las buenas novelas suelen ir de muchas cosas y son difíciles de explicar. El señor (o la señora) que escribió la sinopsis del libro (la de la trasera) lo resume todo en que la novela es, en realidad, un canto a la libertad mediante la mostración de su reverso: la opresión, el aislamiento y el miedo al exterior generan monstruos. Para mí, la novela trata sobretodo del poder; del poder como arma de control; del poder como arma de sumisión.

En Cuatro por cuatro, Sara Mesa nos sumerge, de nuevo, en una atmósfera opresiva, densa, irrespirable, donde el que tiene el poder es el que domina y gana, aunque éste no tenga por qué ser el más fuerte o el mejor. Configura un microcosmos — el internado — cruel y opresivo, donde las relaciones personales se configuran en torno al poder y, como contrapunto, a la alineación. La alienación, la sumisión, la aceptación silenciosa de ese poder, la sumisión para alcanzarlo, para sobrevivir. Utilizando diferentes narradores y tipos de narración, la autora consigue con nos integremos en ese universo que es, a la vez, cárcel y refugio, donde lo que se calla y lo que se dice construyen la propia realidad.

En fin, después de leer Cuatro por cuatro solo tengo ganas de seguir “conociendo” más de Sara Mesa. Como en la anterior reseña, os recomiendo Cuatro por cuatro muchísimo: una novela poco convencional que no os dejará indiferentes. ¡Prometido!