Antes de empezar con la reseña, os advertiré que ésta tendrá muchos spoilers; bastantes, la verdad, pero es que no se me ocurre otra manera de llevarla a cabo sin tener que desvelar lo que sucede a lo largo de la novela y, sobre todo, al final. Así que, si no habéis leído Violet y Finch y os gustaría hacerlo, por favor, parad y venid más adelante para confirmar si coincidimos en opiniones o no. Como veréis, le he dado cuatro estrellas que, desde luego, no es moco de pavo. Eso sí, son cuatro estrellas que han traído un poco de controversia y que, finalmente, he adjudicado tras una profunda reflexión acerca del libro. ¡No es broma! ¡Tampoco exagero! Es un libro que me ha removido y que me ha hecho replantearme su calificación, a pesar de todo.

Así que, ¿habéis hecho los deberes? ¿Habéis leído Violet y Finch? ¿Sabéis que, a partir de aquí,  encontraréis muchos spoilers? ¿Sí? ¡Muy bien! ¡Adelante! ¡Empezamos con la reseña!

Durante una parte bastante importante de Violet y Finch, pensaba que realmente me encontraba ante otra historia más de chicos malotes. Ya sabéis, esos libros donde el prota — por lo general — está un pelín tocado del ala y lleva a sus espaldas una mochila cargada de traumas infantiles que ni Cheryl Strayed en Salvaje. Y es que en este libro de Jennifer Niven, no sólo el protagonista está un poco piradete, sino que la prota también lo está bastante. ¿La causa? ¡Premio! Infancias complicadas, agresiones, muertes repentinas… En fin, ¿qué os voy a contar? Todo es totalmente trágico. Lo bueno es que, a diferencia de otras novelas donde los personajes pagan sus problemas con sus parejas y son, al principio, seres realmente inmundos, en Violet y Finch los protagonistas se apoyan el uno al otro y todo tiene, hasta cierto punto, un carácter positivo. Sí, estamos jodidos, pero, bueno, nos queremos, descubrimos el amor, y todo va a mejor.

Podría ser una novela de esas de superación-gracias-al-amor. Algo así como El mar de la tranquilidad de Katja Millay, donde todo es amable y termina arreglándose para bien. Podría haberlo sido… El problema es que Violet y Finch acaba mal; y no acaba mal en el sentido de que el suyo sea un final apresurado, o incongruente, o poco coherente. Acaba mal porque es un final triste, porque las cosas no terminan de forma positiva, porque el final… te hunde. Y lo peor de todo es que, aunque en un principio me jodió bastante que terminara así — de hecho, no llegaba a creérmelo —, tras ducharme, hacer la cena, cenar, ver un rato la tele e irme a la cama, tras darle durante todo ese tiempo vueltas y vueltas, me dí cuenta que me era imposible criticarla negativamente. No encontraba motivos suficientes para argumentar por qué me parecía que no estaba bien lo que había hecho Jennifer Niven con su novela, que a mi me había destrozado.

Evidentemente, pensé mucho en Yo antes de ti de Jojo Moyes, una novela triste, que acaba mal y que, como sabréis, a mí no me convenció mucho. [Por cierto, si no habéis leído Yo antes de ti — o no habéis visto la peli — parad de leer e id directamente al próximo párrafo.] Muchas personas me criticaron por la reseña que hice del libro, aunque, según mi punto de vista, desde una posición bastante equivocada. Lo que no me gustó del libro de Moyes no fue que fuera un libro triste, o que acabara mal… Por supuesto, tampoco fue porque yo tuviera algo en contra de la eutanasia (que no lo tengo). Fue, simple y llanamente, porque me sentí estafada, engañada por la autora, porque, hasta un punto bastante avanzado de la novela, nos hizo creer que todo se solucionaría, que todo iba bien, para, finalmente, darnos la patada de la forma más cruel e injusta que una pueda imaginar.

Dijo Jean Racine que en la tragedia solo conmueve lo verosímil - , y precisamente en esto es en dónde reside la diferencia entre la novela de Moyes y Violet y Finch: la verosimilitud; que lo que se nos cuenta pueda llegar a pasar realmente. No me preguntéis por qué pero, en el caso de Yo antes de ti, siempre tuve la sensación de que lo que allí ocurría difícilmente podría llegar a pasar en la realidad. Siempre concebí todo lo que acontecía como una forma de la autora para dramatizar hasta el exceso una situación que ya de por sí es tremendamente trágica. Por su parte, Violet y Finch, es terriblemente honesta. Sí, todo acaba mal; sí, el final es cruel; pero es que en la vida muchas veces las cosas acaban mal porque sí, sin explicación. Es un final triste, sí, y encima de improviso, como en la vida, donde las cosas llegan sin avisar, para bien o para mal.

No hay que ser un hacha para darse cuenta de que Violet y Finch es una especie de oda triste e inversa sobre el suicidio. Ambos protagonistas, por diferentes razones y en distintos grados, son suicidas en potencia, por lo que Jennifer Niven hace que la historia pivote alrededor de ellos y sus circunstancias. Además, ambos personajes son tremendamente interesantes: Violet, escritora en potencia, está traumatizada por la repentina e injusta muerte de su hermana de la que se siente responsable; Flinch tiene una personalidad brillante, solo que tiene muchos traumas. Su primer beso, la forma en la que ocurre, podría ser nominado como uno de los mejores primeros besos de la historia. Realmente, me conmovió muchísimo.

Y es que te encariñas mucho con los personajes, por eso enfada que todo termine de la manera en que lo hace. No solo enfada; también es difícil de creer y digerir. No obstante, todo cobra un poco de sentido tras leer las notas de la autora, al final, donde explica el porqué de esta novela. Según sus propias palabras:

Cada cuarenta segundos, una persona muere en el mundo como consecuencia de un suicidio. Cada cuarenta segundos, alguien sigue aquí y debe intentar superar esa pérdida. (…) Por desgracia, el suicidio y las enfermedades mentales están envueltos bajo un gran manto de estigma social. (…) La gente rara vez lleva flores a un suicida (…) Es muy habitual que las enfermedades mentales no se diagnostiquen adecuadamente, puesto que o bien la persona que padece sus síntomas se siente avergonzada y no quiere hablar de ello, o bien sus seres queridos no ven o no quieren reconocer los indicios. Si piensas que algo va mal, exprésalo. No estás solo. No es culpa tuya. Tienes la ayuda al alcance de ti mano.

Durante todo el libro, tienes la sensación que los protagonistas — adolescentes, al fin y al cabo — están solos, sin la aparente dirección de los adultos. Al principio, era algo que me extrañaba y me sacaba de quicio; definitivamente, los problemas que afectan a estos personajes no deberían ser soportados por ellos solos. Sin embargo, tras las notas de la autora te das cuenta que, ante situaciones de este tipo, no solo puedes llegar a sentirte solo, sino que, si no pides ayuda, lo estarás. Sin duda, la novela de Jennifer Niven, aunque muy cruda, te hace reflexionar. ¿Cómo hubieras actuado tú? ¿Cómo lo hubieras superado tú? ¿Se podría haber hecho algo más? En cualquier caso, al final, te quedas igual de mal que los personajes que sobreviven. Sin embargo, mientras que sufres, te das también cuenta de que has aprendido una lección… Esperemos saber aplicarla y estar a la altura si, alguna vez, desafortunadamente, tenemos que vérnoslas en estas situaciones.

La verosimilitud es el motivo por el que este libro tiene cuatro estrellas. Además de que se trata de una novela que engancha mogollón (lo que unido a que es bastante breve, hace que lo termines en cuestión horas), te remueve y, sobre todo, te anima a pensar diferente. Quizás, ante un libro tan duro, en otras circunstancias, hubiera sido otra mi calificación y mi reseña. Pero cuando las cosas son verosímiles, cuando pueden pasar, cuando tienen una razón para ser así, hay que ser abierto de mente y aceptarlas tal como son. No todo termina con un bonito HEA. Eso ya lo sabíamos. Pero tampoco todo tiene que terminar de manera racional, porque no todo siempre lo es, ¿verdad? Sí, todo esto me ha dado para pensar… mucho.