El mayor reclamo de Maldad latente de Sandra Brown era, sin duda, la extraña unión que proponía entre novela negra y romántica. En verdad, una mezcla difícil de encontrar y de llevar a cabo de manera exitosa. Yo, que como sabéis no soy amante de la novela policíaca, me atreví a leerla porque me llamaba la atención el asunto del secuestro. Sí, ya sé que soy un poco rarita — en realidad, después de lo que hemos leído, todas los somos — pero tenía cierto interés en todo lo relacionado con el síndrome de Estocolmo y las relaciones que comienzan en circunstancias tan fatales. Admito que aquellos años de lectura desenfrenada sobre BDSM han hecho mella en mí.

Por otro lado, el libro tenía bastantes críticas positivas y la verdad es que prometía. La mayor parte de las personas que lo habían leído destacaban que enganchaba muchísimo, y, aunque en cierto modo comparto su opinión, porque engancha, tampoco es una de esas lecturas compulsivas que te roban el sueño. Engancha lo imprescindible para que quieras seguir leyendo a buen ritmo, pero no hasta el punto de que dejes de comer, ducharte o dormir por continuar.

Como novela negra o policial, es un poquito del montón. Me ha resultado bastante predecible, y creo que esto repercute de lleno en que el nivel de enganche. No hay novedad. Lo que ocurre se veía venir desde el principio, y eso que la autora intenta por todos los medios sorprender, con vuelta de tuerca incluida. Sin embargo, estos giros, a mi parecer, empeoran el asunto, lo enmarañan, convirtiendo la trama en un auténtico rollazo. Está claro que la novela policial se basa en que el culpable sea la persona menos esperada. Agatha Christie convirtió este asunto en un arte. Sin embargo, no todo vale; hay que ser coherente y, ante todo, creíble. Cuando un autor se empieza a sacar conejos de la chistera sin saber ni siquiera que tenía una, es siempre un mal asunto.

Del mismo modo, tampoco se trata de una novela policial o negra al uso. Sí, hay policías; sí, hay una investigación; sí, hay un secuestro; pero no hay cadáveres, ni sangre, ni descripciones tétricas. Sé que algunas (y algunos) lo agradeceréis, pero nunca está de más poner en aviso a los puristas de lo sanguinolento.

En cuanto al lado romántico, tampoco hay mucho que rascar. Durante la primera parte de la novela sí es cierto que hay una cierta tensión sexual entre los protagonistas que llama la atención, pero tampoco es algo para tirar cohetes. Había imaginado que todo sería mucho más sórdido y guarrete; un poco más sucio e inmoral a tenor de las circunstancias. Sin embargo, como decía Christian Grey, todo es bastante vainilla e inocente.

Tampoco me ha resultado una novela romántica, por lo menos el protagonista masculino no lo es y, para qué negarlo, no he terminado siendo muy fan de él. Desde luego no es nada memorable, al igual que su historia, que me ha parecido bastante boba.

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Y la protagonista, aunque afortunadamente no es una loca — de hecho es la más consecuente en toda la historia —, también es un tanto fría y apática. Creo que si le pinchan, no le sacan sangre.

En definitiva,  Maldad latente me ha resultado un quiero y no puedo. No es una buena novela policíaca, tampoco es una buena novela de amor. La mezcla da como resultado un libro pasable, de esos que no te cambiarán la vida pero que tampoco te amargarán. Una novela más, para pasar el rato, que engancha, pero que no te descubrirá nada nuevo.