Cuando leí la sinopsis de La chica de Pablo de Naiara Domínguez, no sabía que era una novela fanfic y que el protagonista era Pablo Alborán. Si lo hubiera sabido, no lo hubiera leído ni loca. Por un lado, la fanfic genera en mí sentimientos contradictorios. En lo concerniente a personajes literarios puedo llegar a entenderla e, incluso, a valorarla. Cuando se trata de personajes reales… me parece bastante raro y, desde luego, algo muy encaminado a un tipo de público muy concreto: las fans.

Sin embargo en las cubiertas del libro nada hacía indicar que era un libro de ese tipo. Supuse que estaba dirigida a todas esas chicas o chicos que han sido alguna vez en su vida fanáticos de alguien. A día de hoy, en cuanto a historias musicales, admiro a pocas personas que todavía sigan vivas, pero recuerdo que, una vez, hace muchísimo tiempo, yo era muy muy muy muy muy fan de Take That, en general, y de Mark Owen en concreto. Y cuando digo que era muy fan es que era muy fan. Ya sabéis que puedo llegar a desarrollar cierta compulsión por las cosas que me gustan de verdad.

Por ello, cuando leí la dichosa sinopsis de La chica de Pablo me acordé de Mark y de lo mucho que me gustaba (y todavía me gusta un poquito, aunque ya sea casi un carcamal); de cómo me dormía con una de sus fotografías; de cómo me sabía todas sus canciones, sus gestos; y de, en definitiva, de lo enamoradísima que estaba de él. ¿Qué queréis? Tenía catorce años…

El caso es que cuando descubrí que el libro de Naiara Domínguez no era para nada extrapolable a lo mío con Mark, porque estaba focalizado en un cantante que todo el mundo conoce, admito que debería haberlo dejado. Sin embargo, no lo hice… Básicamente, por el único aspecto reseñable que tiene la novela: engancha mogollón. Cuando llegué al punto en el que descubrí que Pablo era realmente Pablo Alborán estaba tan enganchada que hice de tripas corazón y seguí adelante. Eso sí, poniendo especialmente cuidado en no relacionar físicamente al personaje con el cantante: ni en lo musical ni el el físico es para nada mi tipo…

A parte del hecho de que engancha muchísimo y que te la puedes acabar en un día, la novela no tiene mucho más y, en algunos aspectos, es bastante malilla. Por lo menos, mi edición tenía faltas de ortografía y errores garrafales fruto del desconocimiento: ¿Que La Malagueta está en Cádiz? ¿Que Jerez tiene mar? ¿Que una niña andaluza diga tío y no tito?

Las descripciones brillan por su ausencia, la trama es un poco naif y, particularmente, desde mi punto de vista, se deja al protagonista un poco en mal lugar. Al final, aunque no creo que la autora lo pretenda, se arroja de él una visión un tanto egoista, en el sentido en el que se le presenta como un personaje poco contundente, que juega con dos mujeres. Y bueno… Si se tratara de un personaje totalmente ficticio, pues vale… Pero al estar basado en un personaje de carne y hueso y a la orden del día es, cuanto menos, rarito…

Por si todo esto fuera poco, el libro acaba mal. No digo que acabe de forma fea — no me refiero a eso —, simplemente que acaba a medias… En plan anda-que-se-me-ha-perdido-cincuenta-folios-de-camino-a-la-editorial o en plan me-he-hartado-de-escribir-y-termino-como-sea. Eso sí, engancha como un demonio, y no te conviertes en un gremlin si lo lees. A lo mejor, si lo flipas con el señor Alborán, o si te gusta un poco, quizás lo veas de otra manera… No ha sido mi caso.