Cuando empecé a leer El Tutor de Robin Schone, pensaba que era uno de esos libros que tienen pinta de prohibido, de secreto, incluso de esotérico. Pensaba que era una de esas novelas que se leían antaño, en el autobús, con las tapas cubiertas de papel de periódico para que nadie supiera lo que estabas leyendo. En definitiva, una especie de Historia de O, de finales de los 90. Sin embargo, tras leerlo, aunque hasta cierto punto me parece bastante original, no es tampoco nada del otro mundo. No tiene nada de misterioso, ni censurable, en algunos aspectos es bastante vanal, en otros un poco rocambolesco y poco creíble, pero, eso sí, por lo general, es muy muy excitante.

Yendo al grano diré que El Tutor es, en general, una inmensa calentura de bragas, aunque no indecente. Veréis, la historia comienza cuando una señora de la alta sociedad londinense recurre a un caballero de cuestionable moral (mitad inglés, mitad árabe) para que le enseñe técnicas y tácticas amorosas para retener a su marido. Como podréis imaginar, el Jeque Bastardo, el tutor, está como un tren y tiene más experiencia en camas que un probador de colchones. Las conversaciones subidas de tono que componen sus secretas lecciones se despliegan creando un estado de hormonas, excitación sexual y dobles sentidos, difícilmente aguantable para los protagonistas y el lector. Sin embargo, no se ve como algo artificioso o provocado por la autora para mantener en vilo al lector y hacerlo rabiar. No mantiene la situación contra viento y marea, sin importar que sea racional o no, y, la verdad sea dicha, eso de que no te tomen el pelo más de lo conveniente se agradece.

Sin embargo, contra todo pronóstico y contra todo lo que se podía entrever en un principio, lo más destacable y escandaloso del libro no es la particular y excitante relación alumna/maestro. A ver, es destacable, disfrutable, ansiable, pero creo que Robin Schone quiso llegar más allá con su libro, por lo menos según mi punto de vista.

Hubo una vez que fui a ver una obra de la Fura dels Baus donde todos los actores iban desnudos y copulaban por doquier en el escenario. Nunca llegué a saber si lo hacían de verdad o no. Recuerdo que la gente, yo incluida (tenía apenas 20 años), estaba muy escandalizada por el asunto. Sin embargo, solamente copulaban e iban desnudos, mientras que la verdadera trama del asunto, compuesta de incestos y depravación, se desarrollaba en un segundo lugar sin escandalizar demasiado a nadie.

Salvando las diferencias, la novela de Schone versa sobre lo mismo. La defensa a ultranza de la sexualidad de una mujer, que no tiene derecho a ella no sólo por la época en la que le tocó vivir sino por su sexo, y el escarnio público que conlleva el ser sexualmente feliz, se contraponen a las aberraciones que se desarrollan en la otra orilla, la masculina. Se vuelve, por lo tanto, al concepto de la doble moral, el escándalo que supone -hasta hoy en día- que una mujer luche por su sexualidad, un derecho natural a ella misma, en contraposición, a toda la mierda (perdón por la expresión) antinatural y proscrita que, sin embargo, se tapa, se esconde y, de alguna forma, se tolera.

A ver, Robin Schone no es Isabel Allende y las situaciones son poco creíbles, demasiado hechas para escandalizar de lo aberrantes que son. Sin embargo, desde mi punto de vista, es loable el intento de la autora por ir un poco más allá de la novela puramente erótica y escandalosa. Eso sí, después de leer su libro, te entran muchas ganas de echarte un amante musulmán. Entre Ramiel Devington y Eliah Al-Saud, van a acabar con nosotras!