Tras leer la sinopsis de El color de la luz de Marta Quintín, tenía bastante claro que la novela iba mucho conmigo. No sé si os lo he dicho en alguna ocasión, pero uno de mis libros favoritos de todos los tiempos (y que, además, he leído muchísimas veces) es La tabla de Flandes de Arturo Pérez-Reverte. Esta y alguna que otra de sus novelas protagonizaron mi evolución de niña lectora a lectora adulta.  Y es que, aunque más de una vez os he comentado que no soy muy fan de los thrillers, lo cierto es que los misterio de la historia y, en este caso, del arte siempre me han enganchado mucho. Por eso, estoy bastante predispuesta (y además de una manera maravillosamente positiva) a los libros que tratan sobre cuadros.

Por si fuera poco, la novela de Marta Quintín, además de ahondar en la historia de uno de ellos, también trata sobre otro aspecto que sabéis de sobra que adoro: las historias de amor imposible, que se extienden a lo largo y ancho del tiempo, y que resultan inolvidables. A mí, expresiones del calibre de historia de amor descarnado, imposible por la propia naturaleza humana me vuelven, literalmente, loquísima, y me vengo muy arriba con ellas, para qué negarlo. Así que, como comprenderéis, estaba doblemente magníficamente predispuesta a El color de la luz.

¿Pero de qué va esta novela? Principalmente, sobre una historia de amor. Una historia de amor bastante complicada (claro) entre un pintor y su musa, a lo largo del pasado siglo. Además, se tratan otros temas como la inspiración, la vida artística o las inseguridades. Marta Quintín sitúa la historia en localizaciones tan atractivas como París o Nueva York, en momentos tan cruciales en la historia como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil Española.

A pesar de que todo lo que os he contado pinta bastante bien, el aspecto que más te llama más la atención, desde la primera página de la novela, es el increíble talento literario de la autora. Marta Quintín, escribe realmente bien. Bien, bien, de verdad. De hecho, formalmente, El color de la luz es una novela perfecta: un ejercicio literario realmente precioso. Su manera de escribir es super correcta, impecable… Y, aunque parezca extraño, uno de los motivos por los que, de alguna manera, este libro no haya llegado a encajar conmigo.

El color de la luz, desde mi humilde punto de vista, es una novela que se ensimisma en las formas y que deja un poco de lado la historia y el enfoque. Sí, está maravillosamente escrita, cada frase es una filigrana del lenguaje, pero es una novela sin alma, sin pasión… La historia de amor tenía los mimbres prefectos para ser descarnada, pero se desarrolla de una forma tan fría, y a ratos, de manera tan incongruente, que se torna en algo desvaído, sin peso, poco memorable, con giros argumentales que, al final, se quedan en nada y que, sinceramente, no he llegado a entender mucho. Los diálogos, desde el punto de vista formal, son impecables, pero en esencia resultan un tanto enconsertados e inverosímiles, sin rastro de frescura o espontaneidad. Es como si los personajes se hablaran por carta… No sé si me entendéis…

En general, mientras leía, siempre tenía la impresión de que algo muy gordo estaba a punto de pasar. Algo que, desafortunadamente, no llega a ocurrir nunca. Es una novela un tanto inmovilista. Me hubiera encantado una salida de tiesto en toda regla o un saltarse las formas a la torera, que le diera al conjunto algo de vida, por que ni las propias referencias históricas ayudan.  Es cierto que asistimos a momentos importantes de la historia del siglo XX, pero se pasa tan de puntillas en torno a ellos que poco importa que todo se desarrolle en un París ocupado o en la Conchinchina: no se le saca partido. La Historia o el lugar son, simplemente, contexto, decorado… Y es una auténtica pena, no haber jugado con todo eso un poquito más.

En definitiva, yo resumiría a El color de la luz como una novela con muchísimo potencial a la que no se le termina de sacar el suficiente partido. Formalmente, es impecable, aunque descafeinada y sin hondura en el fondo. La idea sobre la que se sustenta es apasionante, aunque no se explota como debería. Aun así, me sigo quedando con lo bien que escribe Marta Quintín y con su juventud. Nuestro fugaz idilio no termina, ni mucho menos, aquí. ¡Segurísimo!