Cada siete olas es la segunda parte de Contra el viento del norte de Daniel Glattauer. Así que lo primero que tenéis que hacer es leer el primer libro. Esto es, básicamente, por dos razones. Una, no os enteraréis de mucho y dos, el primero es definitivamente mejor que el segundo.

Sí, señores. El tópico vuelve a hacer acto de presencia en El Ojo Lector. Segundas partes nunca fueron buenas, por ello, la primera tiene 5 estrellas y, esta segunda, sólo 3.

Cada siete olas se lee igual de rápido que Contra el viento del norte. Es decir, sólo os llevara la mitad larga de una tarde. En ese sentido, perfecto. No obstante, lo que realmente diferencia al uno de otro es el factor sorpresa. Mientras que en el primero el formato e-mail es una gran novedad, directo, adictivo y genial, en el segundo, todo se vuelve un poco monótono.

Como sabréis, Contra el viento del norte tenía un final un tanto triste (no quiero spoilear). Sinceramente, me hubiera contentado si terminaba así. Es decir, en la vida se pierde y se gana, no siempre tienen que ser finales felices pero, también, admito que me alegré mucho cuando supe que existía una segunda parte.

Quizás, esperaba que en el nuevo libro se abandonara la estructura epistolar. La verdad es que el primer libro me encantó pero, en algunos momentos, veía un tanto forzada la historia cibernética. Se notaba que, en algunos momentos, el escritor hacía reales esfuerzos por intentar que la trama funcionase en ese sentido. En el segundo libro, creo que, en un momento determinado, debería haber pasado a narrar directamente. Y, desde mi punto de vista, hubiera quedado genial el efecto. Por el contrario, Glattauer se obstina en seguir con la dinámica epistolar, sacándole con sacacorchos los ideas a los personajes, exprimiendo hasta la extenuación una historia que no va. Por otra parte, el final es totalmente previsible desde la página número uno.

A medida que discurre el libro, esos personajes tan centrados y maduros… se transforman en niños. Haciendo chiquilladas, les faltaba jugar a “atrevimiento o trato”. ¡Pregúntame!, ¡No! te pregunto yo, Cuelga tú. No, cuelga tú… Cosas de ese estilo. En definitiva, que se podría haber ahorrado unas cuantas páginas que no le hubieran dado ni para medio libro.

En definitiva, Cada siete olas  es la muestra de que, en literatura, no se puede abusar demasiado de lo que funciona. ¡Hay que atreverse a cambiar, hombre!