En este momento, no puedo recordar porqué decidí leer A todos los chicos de los que me enamoré de Jenny Han. Desde luego no puede ser la portada; es el colmo de la cursilería. Tampoco se por qué continué leyendo cuando descubrí que era una novela juvenil, ya que, hace algún tiempo, me prometí que no volvería a tocar nada de ese tema… En fin, supongo que me llamó la atención todo el asunto de las cartas, los amores escondidos, e imaginaba encontrarme, quizás, una novela que abarcara algo más que la adolescencia de una joven.

En general, la lectura de este libro ha sido un total despropósito. Me da un poco de coraje escribir reseña en estas condiciones. A ver, a mí el libro no me ha gustado. Supongo que porque tengo más de treinta y porque he dejado ya muy atrás los dieciséis; cuando darte un pico era el culmen de la sexualidad. No obstante, si me preguntarais si a una señorita adolescente le gustaría… no sabría que contestar. Supongo que dependería de lo que la señorita haya leído en su corta vida.

Yo le he dado dos estrellas no porque yo, como lectora, no me encuentre entre el público objetivo de A todos los chicos de los que me enamoré, si no porque he leído libros juveniles mucho más buenos que este. Novelas en los que poco importaba que tuvieras dieciséis o cincuenta ya que, desde la distancia de la edad, podías valorar otros aspectos del libro, que causaban que siguieras leyendo. Se me ocurre, por ejemplo, Nacida bajo el signo del toro de la gran Florencia Bonelli o Eleanor & Park de Rainbow Rowell; novelas juveniles que me cautivaron, aunque tenía bien claro que estaban destinadas a otro público. A veces, para identificarte con cierto personaje o verte reflejada en alguna situación concreta, no es imprescindible que sea un personaje de tu edad o  una situación que pudiera ocurrirte en el aquí-ahora. En este tipo de libros conectas con tu infancia o con tu adolescencia, siempre que el libro sea potable, claro.

En general, A todos los chicos de los que me enamoré es un libro demasiado ligerito, en la línea de un telefilme de sobremesa, con una trama muy teen-high-school. Y eso, hasta cierto punto, es pasable. Sin embargo, la autora remata (y esto hay que tomarlo en plan literal) la novela con un final de esos modernitos en plan abierto-y-a-otra-cosa-mariposa, y ya sabéis que con esas cosas no puedo. Yo me imagino a la escritora y al editor, sonriendo como monos, diciendo:  bueno, esto está listo, ahora dejamos el final abierto que está muy de moda, que es muy cool, que gusta cantidad, y así te ahorras tener que terminar el libro como Dios manda… Y yo me pregunto: ¡¿A quién narices le gustan los finales abiertos?!

En fin, una lectura muy… edificante