Llevo un buen rato dándole vueltas a cómo empezar esta reseña. Borro, y escribo una chorrada. Borro otra vez, y escribo la misma chorrada pero de otra forma diferente… En realidad, lo que realmente quiero deciros es que me siento un poco traumatizada desde que terminé este maravilloso libro llamado Siempre el mismo día. En estado de shock, y entre suspiros solo puedo deciros: “qué bonito; un libro precioso”.

Hay historias que enganchan, que te someten tanto que te influyen en tu vida diaria. Te quitan de ver la tele, de comer o de relacionarte, porque no puedes parar de leer. Te sientes mal cuando no las lees, pero también te sientes fatal cuando lo haces (aunque es una dulce agonía) porque tus ojos, tu cerebro, no pueden ir más rápido, y no aguantan más que unas horas de lectura. Por otro lado, están los libros que, tras leerlos, no se te quitan de la cabeza. Te pasas algunos días totalmente zombi, pensando en ellos. Es probable que esos libros remuevan algo en tu interior y que, a lo mejor, quién sabe, te cambien un poquito; te calan.

Siempre el mismo día se engloba dentro de esos dos tipos. Es un libro adictivo a más no poder, y eso que no puede decirse que sea una historia breve, y, durante su lectura, incluso después de ella, tienes el corazón encogido, en un puño, con mariposillas en el estómago, y hasta un poco de vértigo.

En este libro, David Nicholls nos narra, ante todo, una historia de amor. Una que dura cerca de veinte años. Los protagonistas, Emma y Dexter, se conocen en la universidad e intiman justo el último día de la carrera, cuando sus vidas, irrevocablemente, han de separarse sin haber ido juntas de la mano. Durante los siguiente veinte años, ambos personajes mantienen una relación, amistosa en principio, aunque bastante irregular. Al fin y al cabo, son veinte años.

Cuando leí la sinopsis del libro pensaba que, como Mecano y su 7 de septiembre, los protagonistas se encontraban, a lo largo de los años, cada 15 de julio, para contarse sus vidas y hacer balance. Pero no es así. Nicholls escoge ese día -aunque es el día del año donde todo empezó, claro- para mostrarnos la evolución de la pareja a lo largo de los años. Muchas veces, no coinciden en el mismo espacio, no obstante, durante esas dos décadas se mantienen íntimamente interconectados. Esencialmente, entre ellos, son bastante dispares, al igual que sus vidas, aunque indirectamente proporcionales, son simétricas.

Según mi punto de vista, además una la historia de amor maravillosa, Siempre el mismo día es un canto a la cultura de los noventa. También de los 2000, pero sobre todo de los noventa. Bien es cierto que los noventa me cogieron en plena adolescencia granosa, sin embargo, con cierto romanticismo ha despertado en mí cierta ternura. He recordado bandas sonoras, expresiones, el Reino Unido que era el centro del mundo, para mí, por aquel entonces… Me ha parecido muy especial.

Por otro lado, el libro es un tratado, íntimo y muy sensible, sobre la juventud, y el cambio entre esta y la madurez; lo difícil que puede llega a ser hacerse mayor; la importancia de las segundas, las terceras y las cuartas oportunidades; la amistad y el miedo al fracaso.

Mientras escribo estas líneas, os puedo asegurar que me estoy emocionado. Como os he comentado, el libro me ha calado hondo. Particularmente, me he sentido muy identificada con la chica, Emma. En muchos aspectos, me ha puesto la piel de gallina. De hecho, aunque la historia de amor, como os he comentado, es preciosa, quizás lo que más me ha gustado es ella, y lo tan a flor de piel que la he sentido. Quizás sea por ello por lo que me ha entusiasmado tanto este libro. Es posible que para vosotros no sea tan especial, y solo pase a ser un libro más en vuestra estantería.

A mí me ha encantado… Y no os cuento más, porque quiero que lo leáis y que me contéis, sinceramente, qué os ha parecido.