Hace algunas semanas, os hablaba de Las 9 mejores novelas de amor y viajes por el tiempo, una selección de libros que harían las delicias de los lectores a los que nos entusiasma dicha temática y, en definitiva, los relatos parecidos a Outlander de Diana Gabaldon.

Aunque no suelo suelo hacerlo, no he tenido la oportunidad de leer muchos de los libros que aparecen en la lista. De modo que esta, además de una relación de grandes hits del género, suponía para mí una especie de lista-de-lectura-obligada. Lista que empecé a completar con Mar de invierno, de Susanna Kearsly, la novela que más me llamó la atención a la hora de redactar el artículo.

Aunque todo el mundo la clasifica como tal, no hay que leer mucho de Mar de invierno para darse cuenta de que no es una novela de viajes por el tiempo. Es, más bien, una novela de regresiones, de vidas anteriores y ese tipo de movidas de corte esotérico. No es una novela como las de Gabaldon o las de Kate Marie Moning y sus highlanders, donde, físicamente, los personajes se trasladan a lo largo de la línea temporal. La novela de Susanna Kearsley se basa en sensaciones, momentos de trance y sueños, que conectan inevitablemente a la protagonista con su otra vida. A la vez que es palpable cierto paralelismo entre los acontecimientos que se producen en la actualidad con los que ocurrieron  a principios del siglo XVIII.

En este sentido, el contexto donde se desarrolla la trama regresiva le resultará bastante conocido a cualquier lector que haya leído algo acerca de la historia de Escocia. Aunque, muy a mi pesar, no aparece ni un mísero kilt en toda la novela, a base de leer acerca de ella, tengo cierto cariño por la causa jacobita, y por todos aquellos escoceses que dieron su vida (y conspiraban) para que el legítimo rey de Escocia (y de Inglaterra) ocupara el lugar que le correspondía.

Sorprendentemente, el momento que escoge Susanna Kearsley para centrar su historia, no tiene nada que ver con la ultrafamosa batalla de Culloden, si no en una de los intentos anteriores de Jacobo por regresar a Escocia. Y, aunque el momento en sí es un poco tontorrón, ya que el Rey no llegó a poner ni un pie en suelo escocés en aquella intentona, sirve muy bien de contexto para hilvanar una historia de amor y de intrigas muy bien llevada a cabo, la verdad.

Sin embargo, si me tuviera que quedar con algo de la novela, sin duda, escogería las descripciones. Kearsley me parece muy buena, en este sentido. De tanto leer sobre highlanders, montañas y castillos lúgubres, he de reconocer que había dejado de lado el aspecto por el que desde muy pequeña me enamoré de Escocia. El mar, los acantilados, la bruma, el salitre, la playa, las rocas… Susanna Kearsley es tan buena en sus descripciones, que para el lector es muy fácil trasladarse virtualmente a esos maravillosos paisajes, y vivirlos de lleno. De hecho, me quedé tan fascinada por el entorno que se describía que tuve que buscarlos en internet. Ahí va una pequeña selección (vía geograph.org.uk):

Las descripciones y los paisajes ayudan a digerir ciertas partes de la novela que se me antojan un tanto arduas; como cuando el momento Historia de Escocia hace aparición y convierte a la novela en una especie de libro de texto. También ayuda a darle un poquito de enjundia a la historia (o a las historias) de amor que, según mi punto de vista, a veces se vuelven un poquito destempladas.

Así que, llegados a este punto, pienso que, Mar de invierno, más que una historia de viajes en el tiempo, se me antoja una especie retrato sensorial de Escocia, que más que emocionarte con su historia de amor (que no está nada mal, pero que las hay mejores) o con su acción y sus intrigas, lo que consigue es que te entren más ganas todavía (sí, es posible) de visitar Escocia.

Mar de invierno es la primera parte de una duología (por el momento) llamada Slains. La segunda entrega, The firebird, no está traducida al español, y ni siquiera sé si algún día lo estará, por lo que no me hago muchas ilusiones al respecto. Después de todo el sudor y lágrimas que me ha costado encontrar Mar de invierno, creo que tocará esperar… bastante.