Hace algunos días terminé de leer Nubes de kétchup de Annabel Pitcher, sin embargo, solo ahora he decido ponerme a escribir su reseña. La verdad, es que vivo días de flojera total y, encima, si os digo que el libro que hoy nos ocupa tampoco ha servido mucho de entretenimiento, entenderéis el porqué de la tardanza.

Para ser justos, la novela en sí la ventilé en pocos días. La verdad, es que se lee bastante rápido. No llega a enganchar hasta ya bien avanzado el libro, es cierto, pero se deja leer y querer. Supongo que este libro de Annabel Pitcher (célebre, también, por Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, que corrió conmigo menos suerte, ya que solo con leer unas pocas páginas lo dejé) es el tipo de novela que yo asocio siempre con el mismo público objetivo: señorita soltera, sin novio, independiente, con un gato y aficionada al amigurumi y al fimo. Es el tipo de chica, o señora soltera, que se leería con real complacencia La elegancia del erizo de Muriel Barbery o Los ojos amarillos de los cocodrilos de Katherine Pancol. El tipo de persona que ha visto mil veces Amelie en versión original, sensible, original… Y es que Nubes de kétchup, en esencia, es un libro bonito, y me hubiera gustado, aunque no pertenezca del todo a su público objetivo (ya sabéis que me atrevo con todo), si no se hubiera quedado tan… en la superficie.

Nubes de kétchup comienza bien, con buenos mimbres  capaces de entretejer una novela bonita y emotiva, a la vez que trascendente. Con trascendente me refiero a que esos mimbres se utilicen para algo, además de para encuadrar una historia. En esta novela de Annabel Pitcher se habla sobre la pena de muerte, sobre los conflictos familiares, las minusvalías, el amor adolescente, los flechazos, las neuras que una puede sufrir cuando deja de ser una niña,… temas, desde mi punto de vista, muy interesantes. Que la protagonista sea una adolescente, tampoco es un problema en el caso de que seas una lectora (o un lector) que ya ha doblado esa edad. Te involucras de plano en la historia. Además, que la novela se desarrolle desde un punto de vista epistolar, aunque, lamentablemente, en una sola dirección, también resulta muy agradable y adictivo.

Todo sería de color de rosa si, al final de la novela, cuando esta termina, no te quedaras con la sensación de que se te ha perdido algo en el camino. A ver, no es que la novela termine mal. La verdad es que no sabría decir si termina bien o no… te deja un tanto destemplada. Todos esos temas del comienzo (el corredor de la muerte, la adolescencia, el amor…) se pierden. Lo que al principio parecía una novela original, interesantísima y genial, se transforma en algo anodino y convencional. La pregunta que yo me hice fue: “¿Y todo para esto?“.  ¿A lo mejor es que yo he creído leer entre líneas algo más trascendental de lo que realmente era? Quién sabe…

Para los que ya la habéis leído, os pongo como spoiler algunos de los temas que me han desencantado un poco…

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En definitiva, ¿para qué se escribe una novela si todo va a terminar exactamente igual que como empieza? Si los personajes no aprenden ni evolucionan, ¿dónde está el interés?

En fin, es una novelita que puede estar bien para el verano… pero tampoco esperéis mucho más. Y yo… ¿Qué hago? ¿Me atrevo co Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea?