Como sabéis, de un tiempo a esta parte, me he convertido en una entusiasta fan de Sara Mesa, uno de mis últimos descubrimientos lectores y que os he recomendado por activa y por pasiva. Mi novio siempre me advierte de la incoherencia de mis listas de Spotify donde puedo meter en el mismo saco a Marilyn Manson, Chopin y Raphael. Particularmente, este eclecticismo siempre me ha gustado mucho, pero entiendo que otras personas no puedan tolerar tan fácilmente mis cambios de tercio. Así que supongo que, en la lectura, me pasa exactamente lo mismo. Puedo disfrutar igualmente — aunque de manera totalmente opuesta — con una novela de Sara Mesa que con una de Elisabet Benavent. ¿Confuso? ¿Mal gusto? Yo intento verlo desde el punto de vista positivo y lo llamo buena suerte. La misma buena suerte que tienen los bisexuales o los defensores a ultranza del poliamor… Amplitud de miras, más oportunidades de disfrute, ¿no?

En fin, el caso es que gracias a mi incipiente afición a las novelas de Sara Mesa, la editorial Anagrama ha tenido a bien enviarme la edición revisada de Un incendio invisible, un libro que vio la luz allá por 2011 y que se ha reeditado hace muy muy poquito. Según palabras de la autora…

Nunca releo mis libros una vez publicados. Una mezcla de pudor, cansancio y desazón –por no poder ya modificarlos– me impide hacerlo. Esta vez, sin embargo, la experiencia de relectura me ha resultado grata y sorprendente. Sin yo ser consciente de ello, he comprobado que en esta novela anidaba la semilla de los temas que desarrollaría más tarde, motivos recurrentes en mis obras que aparecieron aquí por vez primera: la ciudad de Cárdenas, la llegada de un foráneo a un mundo desconocido y hermético, la salvación –o pérdida– de un perro, la paternidad –o maternidad– encarnada en un maniquí, los centros comerciales como representación del caos, el amor desigual y perverso, la ambigüedad de las relaciones entre adultos y niños, el poder y sus abusos.

En este sentido, Un incendio invisible, tiene muchas similitudes con libros posteriores de la autora, que también hemos reseñado por aquí, como Cicatriz o Cuatro por cuatro. Sobre todo, las similitudes con este último son particularmente notables. El geriátrico como reducto de aislamiento y las relaciones desiguales que en él se establecen recuerdan muy mucho al internado de Cuatro por cuatro, al igual, como bien comenta Mesa en el prólogo, la llegada de alguien del exterior como dinamizador de la historia.

En cualquier caso, como en todas las novela de la autora, en Un incendio invisible, la atmósfera sigue siendo irrespirable, densa y asfixiante, algo que a muchos lectores echa para atrás y que, particularmente, a mí, me sobrecoge. Supongo que se deberá a todos esos años en los que estuve enganchada al El extranjero de Albert Camus o a mi amor incondicional por Poeta en Nueva York… Eso, o que tengo un punto retorcido.

La hermosa luz del amanecer se había convertido ahora en una luz amarillenta, pálida, espesa, sórdida, con un reflejo cobrizo como de muerte.

Aunque la novela es posterior y a pesar de las similitudes, posiblemente, Un incendio invisible sea la novela más descorazonadora que he leído de la autora. Mesa comenta también en el prólogo que, en esta reedición revisada, ha intentado ser más amable y justa con los personajes. No me puedo ni imaginar cómo sería edición anterior. Particularmente, todo me ha parecido increíblemente triste, sucio y sin escapatoria. Los personajes están, casi en su totalidad, tan rebajados y destruidos, la sensación de inmovilidad es tan densa y tan desesperanzadora, que cuesta trabajo que, en otras versiones, todo fuera aún peor.

Especialmente, llama la atención la figura de Tejada, el protagonista, como máximo exponente de la indolencia y de todos sus sinónimos (desidia, pereza, negligencia, apatía, dejadez, haraganería, indiferencia, vagancia, pachorra…). Es, sin duda, uno de los personajes que más me han repelido y atraído al mismo tiempo en lo que llevo de vida lectora. Y, a pesar de todo,  me ha encantado y me ha parecido muy valiente por parte de la autora el utilizar como protagonista a un personaje de estas características. Al contrario de lo que suele pasar con estos, no puede existir ningún tipo de comunión entre lector y personaje. Es imposible.Solo puede unirles, en todo caso, una relación de repulsa.

En general, la novela es una oda a la decadencia y al inmovilismo, ambos conceptos aunados en el geriátrico y en la figura del director del mismo, el protagonista. El declive como nexo de unión — para unos exigido, para otros escogido — caracteriza a la mayor parte de los personajes que se mueven sin sentido, casi por inercia. Los pocos personajes con luz, aquellos que tienen aún esperanza en el mundo apocalíptico que recrea Mesa, son absorbidos por la desesperación del resto, corrompidos. Es desolador.

Por lo demás, como en otras novelas de la autora, la narración es intensa. Te atrapa. No puedes parar de leer. Lees por fascinación. Aunque, a simple vista, no pasa nada, o parece que no pasa nada, cada fragmento del libro es como ahondar poco a poco en una llaga abierta. No puedes parar, aunque lo que leas te parezca inhumano, incomprensible o incorrecto. Supongo que es parte del morbo de leer sobre personas que, aunque inmóviles y atrapadas en su situación, siguen relacionándose de manera instintiva y cruel. También está, por supuesto, la capacidad narrativa de la autora, que nunca dejará de sorprenderme. Una prueba de ello es este formidable comienzo de novela (creo que todas deberían empezar así):

A unos veinte kilómetros del centro de Vado, una vez enfilada la flamante autopista de Cárdenas, todavía podrían verse los últimos barrios periféricos: casitas adosadas, urbanizaciones a medio construir, solares roturados y, más allá, los bloques terrosos de Bocamanga y de Pozolán. Mirado desde el coche, el paisaje carecía por completo de vida. Sólo de vez en cuando, entre las nubes deshilachadas, se distinguía una pareja de milanos volando con desgana a media altura. Un par de coches y un caminó de pollos sin pollos cruzaron por uno de los carriles opuestos. Pudo oírse un graznido, pero no se supo de quién.

Ya son tres las novelas de Sara Mesa que han pasado por aquí y que, con sus más y sus menos, han calado en mi corazoncito lector. Independientemente de la trama, los personajes o los escenarios donde se desarrollan, sus novelas pasan factura, dejan huella, y eso es algo que, a estas alturas de la película, valoro por encima de todo. La capacidad que tienen sus libros para estremecerme, ha conseguido que esté totalmente enganchada. ¡Más! ¡Quiero más!

¿Le daréis una oportunidad?