Hace ya algunas semanas, cuando os hablaba de Horizonte Martina, os comentaba que, supermotivada por leer lo último de Elísabet Benavent, había dejado a medias Jasy de Florencia Bonelli, el primer libro de la Trilogía del perdón. Ya sabéis que, desde que di con su Trilogía Caballo de Fuego, soy muy muy fan de la autora argentina, y la verdad es que pocas veces me ha decepcionado. Aunque, al principio, tuve algunos problemas con su forma de escribir (maldita barrera idiomática), ahora, he de reconocer que es algo de ella que me encanta y que valoro muchísimo. Me fascina la manera tan dulce y sosegada que utiliza para narrar las más dispares situaciones. Leerla es como adentrarse en un libro de Jane Austen, donde todo fluye suave y te atrapa sin remedio..

Como suele ocurrirme con las novelas de Bonelli, reconozco que me costó muchísimo pasar de las primeras páginas de Jasy, el primer libro de esta Trilogía del perdón. Sin embargo, como digo, no es un caso aislado en lo que a Florencia se refiere, por lo que sabía que, tarde o temprano, y con paciencia, conseguiría pasar el escollo de los primeros capítulos. Ya me pasó con su Caballo de Fuego, ¡y menos mal que no me di por vencida! Estuve a puntito de dejarlo de lado…

Así que seguí con Jasy y, con todo mi tesón y fuerza de voluntad, conseguí engancharme. ¡Y de qué forma! ¡No podía parar de leer! Y es que Jasy, el primer libro de la trilogía, a pesar de las reticencias iniciales, es un libro genial y adictivo. Posiblemente, el mejor de la trilogía. Entendí por qué consideran a esta saga la más transgresora de la escritora. Muchos conceptos considerados tabú se dan cita a lo largo de sus capítulos, y aunque la manera de relatar los hechos por parte de Florencia es delicada y sutil, bien es cierto que muchas situaciones son muy comprometidas y te hacen reflexionar bastante.

Con el segundo libro (Almanegra), cambiaron un poco las cosas. Mientra que Jasy es fresco, trasgresor, mágico… el segundo libro es un poco repetitivo y bastante surrealista. Para empezar, tienes la sensación de que los protagonistas hablan constantemente en modo loop. Siempre comentan los mismos aspectos; se declaran su amor por activa y por pasiva; copulan como conejos (de hecho, estoy convencida de que el protagonista, Aitor, no es de este mundo); y se pasan páginas y páginas recordando situaciones pasadas en plan corta y pega. Todo ello aburre mogollón. De hecho, cansa muchísimo el tema sexual. Es de esos libros en los que, cuando presientes que los personajes van a tener relaciones, cierras los ojos y piensas con resignación: pfff, allá van otra vez estos dos. Cansino.

Sin embargo, por lo general, admito que Almanegra me gustó, y me enganchó tanto o más que Jasy, a pesar de que, a veces, como os digo, deseaba que se le gangrenara el pito al protagonista. ¡Madre mía!

Por eso, en cierto modo, no me pareció nada mal que en La tierra sin mal, el tercer y último libro de esta Trilogía del perdón, se redujera bastante el número de escenas de tipo sexual y se echara mano de ese recurso, tan poco valorado últimamente, llamado elipsis. A ver, siguen siendo monitos en celo, pero por lo menos el asunto no produce hartazgo. Sin embargo, reconozco amargamente que, ni por esas, me ha gustado este último libro. Ha sido una gran decepción, muy a mi pesar.

¿El motivo? No es porque la calidad de la narración haya bajado (sigue siendo magnífica), o porque no se resuelva todo bien (que se resuelve). Lo que me ha superado ha sido los protagonistas, y eso que llevaba más de dos libros conviviendo con ellos. Sin embargo, al ver que estos crecen y su evolución es nula, que los aspectos más negativos de su carácter no solo no maduran, sino que se acentúan… Todo se vuelve bastante decepcionante. La protagonista, Emanuela (Manú, Jasy, la niña santa…), con su actitud sumisa, me desborda. Aitor, finalmente, se me antoja odioso. Pienso que, entre los dos, se han cargado una trilogía que, en un principio, tenía una pinta asombrosa. Una pena.

Pero me explicaré…

Si me seguís, seguro que sabéis que en este blog hemos analizado con lupa el carácter de los protagonistas más dispares de la literatura. Específicamente, en lo que al sexo masculino se refiere, hemos conocido a todo tipo de machotes con diversas taritas: celosos compulsivos, masoquistas, dominantes hasta el paroxismo, adictos al sexo,… Así que no se nos caen los anillos a la hora de valorar a un nuevo adalid.

Y aunque, como digo, estoy hartísima de encontrarme con celosos y dominantes de toda índole, desde luego, no recuerdo haberme encontrado con nadie tan odioso como Aitor Ñeenguirú. Es machista, celoso, dominante, rudo, mal educado, desagradable, ignorante,… ¡lo tiene todo el hombre! Y lo peor de todo es que, a pesar de que es así, ni cambia, ni quiere cambiar, ni parece que a nadie le importe. Es más, se le consiente todo. ¡Es un tirano! Y, encima, la protagonista, que es una sumisa descerebrada de tres pares de narices, le aguanta cualquier cosa. Me da igual que sea un señor indígena del siglo XVIII. ¡No tiene nada que ver!

Bien es cierto que los protagonistas mantienen la misma actitud durante todos los años que recoge la novela. Sin embargo, hay actitudes que se le pueden permitir a niños y a adolescentes, pero que no se pueden pasar por alto a personas ya adultas. Como muestra un botón:

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Todo es increíblemente machista. Así que cuando me di cuenta de que la actitud de los protagonistas no solo no cambiaría, sino que se volvería más surrealista y demencial, el libro perdió bastantes enteros para mí. En consecuencia, perdió fuelle toda la trilogía. De hecho, mi ritmo de lectura cayó en picado, y dejé de prestar atención a los protagonistas (y a sus diálogos) para no volverme loca.

Supongo que habrá personas que dirán que, bueno, que, al fin y al cabo, estamos hablando de una pareja que supuestamente vivió hace varios siglos, donde tanto hombres como mujeres eran machistas hasta el paroxismo y, estas últimas, sumisas hasta la extenuación. Sin embargo, con unos personajes tan espléndidos, mágicos, casi místicos, creados por una narradora tan excepcional, una espera que estos crezcan, maduren y se conviertan en mejores personas. Si, en cambio, lo que resulta es una oda velada al machismo, a la dominación y sumisión irracional, y al consentimiento de todo ello… es algo que huele a culebrón de sobremesa que atufa, la verdad.

Posiblemente, si los protagonistas hubieran evolucionado en su relación, en vez de seguir teniendo un comportamiento infantil y pseudo-animal, mi valoración hubiera sido mejor. Desde luego, bajo mi punto de vista, no es la mejor saga de Florencia Bonelli. Otra decepción más de la mano de otra de mis escritoras favoritas.