Supe de la existencia de El libro del día del juicio final de Connie Willis cuando confeccioné la lista de Las 9 mejores novelas de amor y viajes por el tiempo, tenía una increíble pintaza. En primer lugar, porque aunaba dos temáticas que a mi me fascinan — la novela romántica y los viajes en el tiempo — y, en segundo final, porque el libro tenía unas críticas inmejorables. Se le considera uno de los mejores libros de ciencia ficción de todos los tiempos. De hecho, ha recibido los Premios Hugo, Nebula y Locus, unos prestigiosos galardones — en lo que al género se refiere — que pocas novelas han podido conseguir por partida triple. El extenso prólogo de la edición que yo he tenido la oportunidad de leer así lo atestigua. ¿Qué queréis que os diga? Que desde el principio un libro nos haga partícipe de lo bueno que es y de los méritos que ha conseguido me huele un poco a justificación. Pienso que, si una novela es buena, no hace falta recurrir a este tipo de ardides. Sin embargo, como os digo, son mayoría — aplastante — los que consideran a la novela todo un hito en el género y los que la califican como imprescindible.

Como suele pasar, a mí no me ha gustado. No me ha gustado nada. Y no es porque mi género favorito no sea precisamente la Ciencia Ficción — que no lo es —, ya que la novela no puede considerarse como difícil o exclusiva, es porque su lectura me ha parecido una auténtica pérdida de tiempo. Así que, a partir de ahora, que me perdonen los que la consideran su novela de cabecera. Mi crítica será dura.

Para empezar, no es una novela de amor y viajes por el tiempo. Para nada es culpa de Willis, sin embargo, nunca esta demás dejarlo claro. Es una novela de viajes por el tiempo y epidemias, y seguramente esto último sea lo mejor que tiene la novela; el terror que supuso en la Edad Media la peste y la esquilmación tan brutal de la población que supuso. La recta final del libro de Willis — un cuarto de la novela — es un aceptable retrato de lo que debió ser la epidemia. La narración es fluida, en algunos momentos, frenética, sobrecoge e incluso hace que se te escape alguna que otra lagrimilla. ¿El resto del libro? Relleno. Una auténtica tomadura de pelo.

Una de las críticas — negativas — que he leído hace hincapié en que se trata de un libro demasiado extenso para lo que cuenta, y que solo se empieza animar hacia el final. Estoy totalmente de acuerdo. Es más, yo diría que es un libro exasperante. Es la palabra más idónea que se me ocurre para él.

¿Recordáis todas las veces que os comento cómo un libro puede arruinarse por postergar las cosas de una manera artificiosa? A todos nos gusta un poco de tira y afloja, algo de suspense… Estamos de acuerdo en que no siempre hay que ir al grano. Sin embargo, en lo que no coincidiremos es hacer que todo dure un poquito, simplemente, para que una novela sea más extensa porque-sí.

En El libro del día del juicio final, esto pasa continuamente. De hecho, uno de los dos espacios temporales en los que se desarrolla la historia es totalmente prescindible y superfluo. En honor a la verdad, da la sensación que la única función de esos interludios es la de sacarte de quicio. Los hechos que tienen lugar en la actualidad — el espacio temporal que considero prescindible — son una suerte de listado de tareas en plan: fui al hospital, luego fui a la universidad, luego llamé por teléfono, luego alguien me llamó por teléfono, luego volví al hospital y, al final del día, me acosté. Pasan cosas totalmente anodinas y, cuando parece que va a ocurrir algo interesante o se va a producir una revelación, hay miles de impedimentos — totalmente artificiosos — que lo imposibilita.

En la parte medieval — la que es un poquitín más interesante — suele suceder exactamente lo mismo. Como algunos no habréis leído el libro, os podré un ejemplo para que os hagáis una idea de lo que hablo:

Imaginad que os han robado el coche. Vais a poner la multa a la policía. Sin embargo, mientras que vais de camino, vuestra pareja, vuestro hermano o vuestro padre se da cuenta que no os lo han robado, simplemente estaba aparcado en otro lugar. Entonces, vuestro familiar, rápidamente, intenta llamaros al móvil, sin embargo, de repente, una fanfarria hace escena y no os enteráis de nada. Intentáis llamar, pero alguien os roba el móvil. Vuestros familiares intentan ir a la comisaría para avisarte, pero de repente, pasa por al lado de vuestra calle la Cabalgata de Reyes — aunque estáis en Agosto — y no pueden coger el coche. Finalmente, una semana después, cuando después de que te robaran el móvil, te cayeras en una zanja, te atropellaran y te mordiera un perro, llegas a casa y te dicen que no te han robado el coche. ¡Viva! ¡Ya tienes para un libro!

Pues una cosa así es El libro del día del juicio final. Todo se posterga de manera artificiosa, irreal y absurda. De hecho, se dan situaciones tan surrealistas como esta:

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Exasperante. Exasperante. Exasperante. Tanto, que no sé cómo uno de los protagonista no tiene una combustión espontánea y acaba con todo su entorno: el inseguro secretario, la madre protectora, la enfermera dominante y las dichosas campaneras. De verdad, si alguien lee el libro y no le ha parecido tremendamente irritante todo, que venga aquí y se manifieste.