En cierto sentido, El infierno de Gabriel sigue la estela de todos esos libros que tan de moda están ahora. Es decir, hay una chica mojigata e inexperta, y hay un chico cachas, triunfador y muy controlador. En esta ocasión, él es profesor y ella su alumna.

Desde que el mundo es mundo se ha teorizado mucho acerca de las relaciones interprofesionales: alumnado y profesorado, butaneros y amas de casa, doctores y enfermeras… Nunca he entendido que haya personas capaces de enamorarse de su profesor. Quizás sea porque a mí no me ha tocado nunca uno como Gabriel Emerson, que según el autor (sí, Sylvain es un hombre) es más parecido a un modelo de D&G que a la mayoría de los docentes que has conocido durante toda tu vida.

Bromas aparte, aunque la temática es similiar y con total seguridad encontraréis este libro junto a ejemplares de literatura erótico-festiva, no hay que caer en el error. El infierno de Gabriel no es un libro erótico en la línea de lo que estamos acostumbrados a leer últimente. Es decir, aunque los personajes se comen con los ojos, no están todo el rato dándole al asunto como conejos. Por eso, muchas señoritas (y señoras) que acuden al libro de Reynard esperando algo parecido a Cincuenta Sombras, se llevan un gran fiasco. Muchas dicen que el libro es muy lento, otras dicen que no es un libro erótico, que es más una lectura romántica (como si todo lo romántico fuera totalmente out y lo erótico totalmente in). Sinceramente, yo creo que el libro es, simple y llanamente, una gran calentura de bragas. Pero me explicaré, por supuesto.

Por una parte, hay que reconocer que después de haber leído bastantes libros por el estilo, cuando los personajes no se meten en la cama en la segunda cita y, a partir de ahí, echan miles de polvos, nos comenzamos a impacientar y a aburrirnos. Por mi parte, aunque enganchada al género irremediablemente, también he de reconocer que estoy un poco harta de tanta postura, tanto orgasmo y tanto control. No digo que pase de ello, pero cuando el 70% de un libro es kamasutra me llega a cansar un poco. Porque, al final, siempre es lo mismo. Nuestro propio cuerpo nos limita a un número determinado de orificios que poder rellenar. Por ello, al principio, no me parecía nada negativo que en el libro no hubieran muchas expectativas de cópula. En cambio, se le da mucha importancia a la castidad, la fidelidad, la inocencia, la virginidad… al fin y al cabo, a una serie de valores que una buena chica no debería desdeñar.

Para que os hagáis una idea, Gabriel Emerson es un hombre que toda su vida ha vivido en el pecado, en los excesos, en la oscuridad. En contraposición, Julia, aunque también lo ha pasado mal, es la luz, la virtud, la inocencia… Por supuesto, como habéis imaginado, es más que virgen. Con su ayuda, Gabriel debe conseguir redimirse, liberarse, salvarse… Sólo entonces podrán estar verdaderamente juntos.

Como podéis imaginar no puede haber nada más romántico. No obstante, según mi punto de vista, creo que Sylvain se pasa cuarenta mil pueblos con el asunto de la castidad y la penitencia. Es decir, hasta cierto punto del libro (más o menos hacia la mitad) se entiende que haya esta contención en cuanto a lo sexual. No obstante, tras ese punto parece que el autor lo que intenta es hacernos esperar y calentar el asunto al máximo, sólo para hacernos rabiar… ¡y licuarnos! De ahí lo de la q gran calentura de bragas.

Recuerdo cuando comentaba y elogiaba la postura de E.L.James en lo concerniente a ir al grano. Hay escritores (y escritoras) que se toman como algo personal postergar al máximo los momentos que el lector más ansía. En este sentido, Reynard se lleva la palma… En algunos momentos, sobre todo al final, cuando se acerca el GRAN MOMENTO, dan incluso ganas de reírse (o directamente llorar). Lo realmente inquietante es que tengo la absoluta convicción de que si Gabriel y Julia existieran en realidad, y vivieran una situación mínimamente parecida, con seguridad morirían de combustión espontánea o por ahogamiento en sus propios fluidos íntimos. ¡Es imposible aguantar tanto!

Todo eso me lleva al asunto de lo poco creíble que son los personajes. Es precioso y súper romántico, pero es poco creíble que un señor de 33 años que se lleva a las chicas de calle -presumiblemente, adicto al sexo- pueda estar más de un mes sin copular. Si estuviera en un monasterio, podría llegar a creerlo. No obstante, el hombre se pasa la mitad de un libro (largo) pegado a la boca de su novia.. a la vez que se recoloca el paquete. ¿Quién, aparte de hormonales quinceañeros, puede hacer eso? Creo que ni los quinceañeros pueden aguantar tanto…

Luego está ella que, de callada, sumisa e introvertida, parece que tiene hasta un poco retraso. Una gran parte del libro se la pasa callada; otra, tirando cosas al suelo (y recogiéndolas de rodillas) y el resto, ruborizada.

Y me diréis, una vez más: ¡solo es un libro! Y yo os diré: Ya lo sé. Realmente, no es mi prioridad cronometrar los minutos, horas o días que un hombre puede estar sin eyacular. Lo que realmente me fastidia es la afición de ciertos autores a postergar tanto ciertos temas, como si fuéramos masoquistas. Y es verdad que un poco de espera no amarga a nadie, ¡pero tanta seguro que es malo para el corazón.

No obstante, aunque os parezca mentira y aunque hay asuntos que no me encajan, me ha gustado bastante. No me ha parecido lento, al contrario, lo he devorado. Sin duda, si se hubiera gestionado un poco el asunto de la espera y no me hubiera parecido tan manipulador, me hubiera encantado. También, entiendo que después de tanta fornicación desmedida, es raro leer un libro donde los encuentros sexuales puedan contarse con un apéndice sexual masculino, pero también valoro no sólo el punto romántico (la historia es muy romántica y trascendental), sino la conexión con Dante, los poemas, las referencias a obras de arte… Le aporta algo de más peso al asunto, sin duda. Está bien escrito, además, aunque es demasiado lineal para mi gusto. Esperaba un poco más de destreza en una novela de la que las leyendas urbanas dicen que ha sido escrita por un autor de prestigio. En mi mundo de paridas mentales, me imaginaba a Kent Follet escribiendo El infierno de Gabriel… (O a Jean Claude Van Damme escribiendo el script de Van Damme’s Inferno… Lo siento, no me podía ir sin recordar semejante obra de arte.)

En fin, hay días mejores que otros. Hoy quizás esté un pelín ácida. Posiblemente no leeréis este libro por mi culpa. Puedo llegar a comprender que ninguna editorial quiera ficharme para reseñar sus libros… ¡soy una incomprendida!

Por supuesto, El éxtasis de Gabriel es uno de los libros más esperados de 2013.