Hace mucho tiempo que no escribo, lo reconozco, y eso no está del todo bien. No es que haya pensando cerrar este modesto blog y tirar la toalla (tal y como tengo contemplada la utilidad del mismo, creo que no llegaré a cerrarlo nunca) sino que, sinceramente, y aunque no esté muy orgullosa, últimamente, no leo demasiado. No es que esté corta de material. Es una mezcla entre falta de tiempo y no encontrar el libro adecuado. Por ejemplo, he podido leer el comienzo de este libro una decena de veces. No conseguía avanzar. Muchas veces, esto de leer libros es como cuando te bañas en el mar. Al principio, las olas complican un tanto la tarea, pero una vez que has pasado los primeros escollos, todo va como la seda. “Brooklyn Follies” fue leído en menos de 48 horas (una vez pasada la gran barrera de coral, claro!)

Supongo que os habréis hecho a la idea de que, si, al fin y al cabo, he tardado tan poco tiempo  en leerlo, será porque me ha gustado muchísimo. Es cierto. Me enamoré de Paul Auster con el “Palacio de la Luna“. Fue como un flechazo, me llegó directamente al corazón. Supuse que si cualquiera de sus libros era la décima parte de bueno que aquel, mi relación con el señor Auster podría llegar incluso al matrimonio. No obstante, me di constantemente contra un muro en forma de libro de bolsillo llamado “La Trilogía de Nueva York” que, por más que lo intento, no se deja leer más que las primeras páginas. Aún así, no perdí la esperanza con Auster y, de nuevo, le di un pequeño voto de confianza. Compré “Brooklyn Folleis” y “Leviathan“. Y, aquí estamos, comentando el primero, después de una muy muy agradable lectura.

Lo que más me gusta de Auster, o por lo menos de los libros que he leído de él, es, sin duda, la originalidad y creatividad de sus historias. Sus obras son eminentemente neoyorquinas (jazz, lluvia, cafe, whisky…) y, para disfrute de la que escribe, nunca sabes en qué va a terminar. Es como “Abierto hasta el amanecer“, la película de Robert Rodríguez: lo que comienza con un secuestro medianamente normal, termina en un bar de carretera repleto de vampiros sedientos de sangre. Desquiciante, ¿verdad?, pues los libros de Auster me resultan igual, pero sin la sangre y ni vampiros. Si, en un principio, la obra parece que trata de algo, unas hojas más adelante, trata de otra cosa y, más adelante, de otra diferente. Magistralmente, todo queda genial, en su conjunto.

Los personajes son maravillosos. En concreto, los de este libro, son gente normal, perdedores la mayoría, pero no por ello menos interesantes y espectaculares en su sencillez. Son pocos pero, sin duda, bien escogidos y tratados. “Brooklyn Follies” habla sobre las segundas oportunidades, sobre la capacidad de perdón y de redimirse. En un principio, los personajes están atormentados por sus circunstancias pasadas o actuales, viven en su particular infierno en el que, desesperanzados, no ven modo alguno de salir. A medida que avanza el libro todo va cambiando y aunque resulte extraño que todo deje un maravilloso sabor de boca (ya que en la vida real nunca todo sale bien), es una sensación tan agradable, en los tiempos en que vivimos, conocer historias tan esperanzadoras que directamente piensas: “¡¿Por qué no puede suceder?!”

En definitiva, es una lectura muy recomendable: fácil de leer, positiva, entretenida, triste a veces, chispeante otras. Toda una experiencia!