Sois muchas las que me habéis preguntado a lo largo de estas últimas semanas sobre la Bilogía Sofía y por qué no había todavía publicado reseña. Bueno… Una se hace mayor, parece que aprende de los errores e intenta no repetirlos. Ya sabéis que Elísabet Benavent (a.k.a. @betacoqueta) es una de mis escritoras favoritas, al igual que sabréis que lo paso increíblemente mal cuando tengo que esperar entre libro y libro. Sus esperas no tienen nada que ver con, por ejemplo, las de George R. R. Martin, pero como sé que al final quedarme a medias es una especie de tortura china, lo razoné y terminé decidiendo que leería los dos de corrido. Sí, tendría que esperar un mes para empezar un libro que la mayoría de vosotras terminó horas después de que se publicara, pero no os podéis imaginar la sensación de madurez que sentí cuando terminé La magia de ser Sofía justo el mismo día en el que salía a la luz La magia de ser nosotros… Estoy tan orgullosa de mí…

Sin embargo, eso de esperar, además de la propia espera, también tiene muchos otros inconvenientes. El principal, los spoilers. Aunque, en general, habéis sido buenas y no me habéis revelado mucho al respecto — me lo tendría bien merecido porque, a veces, soy yo la que los lanza sin ton ni son — alguno que otro se os ha ido escapando… y, bueno, una ata cabos. Sin embargo, los spoilers eran tan abstractos y en tan dispares direcciones que no sabía qué pensar. La amiga Soff me decía que había hecho bien en leerlos de seguido porque ella lo estaba pasando fatal después de haber terminado el primero; mientras que Cristina, de la que, particularmente, me fío mucho, me comentaba que la primera entrega la había dejado fría.

En fin…  Para poneros un poco en antecedentes, mi relación con los libros de @betacoqueta está basada, un poco, en altibajos. Por lo general, sus libros me gustan; algunos más que otros, claro. Me llama bastante la atención su manera de escribir, su verborrea, los símiles tan originales que se suele gastar, y, sobre todo, los momentos en que se pone tierna e íntima. También, como siempre os he comentado, soy muy fan porque es capaz de sumar algo más a la novela romántica-un-pelín-guarrilla. Es, en este algo más, en donde suele residir lo mejor, pero también lo peor.

El último libro de Elísabet, Mi isla, me encantó. Me gustó mucho. Era un pelín diferente a lo que había escrito con anterioridad — también todo se relataba en un solo libro, algo que, para mi, es un plus —, y supuso para mí una especie de reconciliación con la autora y sus últimos libros, que me habían dejado un sabor un poquito agridulce en la boca. A ver, siento si soy un poco exigente, pero es una escritora que me encanta y siempre espero de ella lo mejor. Supongo que sería mejor para todos que fuera una de esas incondicionales que aplaude por igual lo malo, lo bueno y lo mejor… Yo me jubilé en lo que respecta a esos fanatismos el 13 de febrero de 1996. Sí, el funesto día en que se separaron los Take That.

Así que, viniendo de una novela como Mi isla que, como os digo, me fascinó y que pensé que sería en su carrera un punto de inflexión, después de leer los dos libros de la Bilogía Sofía, me he quedado como la amiga Cristina… fría. No me han parecido malos — supongo que ningún libro de Elisabet puede parecérmelo a estas alturas de la película — pero tampoco me han llegado a calar. No sé, me ha dejado todo un poco indiferente, y eso es algo que definitivamente no suele pasarme con sus novelas.

La Bilogía Sofía tiene todos los componentes que caracterizan las historias de la autora y que ella sabe que nos gustan a rabiar: cosas de chicas, galanazos guapotes, escenas picantes, romance a granel y alguna que otra situación vergonzosa. Como suele pasar con sus libros, los de esta bilogía también enganchan mogollón y te duran horas entre las manos. Por el lado negativo, para no variar, también me ha vuelto a ocurrir lo que con otras de sus novelas:

  1. Me suelen caer mejor los hombres que las mujeres.
  2. Me suelen interesar más las historias secundarias que la principal.
  3. No entiendo muchas veces a los protagonistas. Lo complican todo demasiado.
  4. El primer libro suele ser el mejor.

En esta ocasión, la autora juega con la dualidad magia y realidad. Los protagonistas, tremendamente reales, — ella usa la 44 y él es un chico sencillo que no encuentra su sitio en el mundo — son capaces de descubrir la magia. La magia del amor, se entiende. Sin embargo, a pesar de que se intenta vender como su saga más real, cuando lees la Bilogía Sofía tienes la sensación de que lo que acontece ya lo has leído antes, aunque con diferentes personajes. Es como si @betacoqueta hubiera encontrado la fórmula del éxito, y haya decidido explorarla y explotarla… Bueno, muchas personas disfrutaran con esta nueva saga. Al fin y al cabo, se sustenta sobre cosas que suelen gustar. Otras, entre las que me incluyo, esperábamos algo más y diferente… y supongo que no nos ha agradado tanto.

Pero empecemos a hincarle el diente…

La magia de ser Sofía tampoco es que sea el libro de mi vida, pero de plano es muchísimo más dinámico e interesante que el segundo y último de la saga. Es más desenfadado, hace reír — quizás esto sea lo más destacable — y, además, la autora no se va mucho por las ramas, lo que es de agradecer. En cambio, en La magia de ser nosotros, el tono optimista de la primera parte se pierde por completo, y todo se vuelve frío, farragoso y asfixiante. A ver, no soy una ilusa optimista; entiendo que las historias de amor no tienen por qué ser fáciles y que, por supuesto, no todo tiene que ir rodado. Entiendo, también, que si todo fuera así no tendría sentido diseccionarlo en un par de novelas… Tengo los pies sobre el suelo.

Sin embargo, hay veces que, cuando las cosas se hacen o se intentan hacer tan complicadas, se pueden dar efectos contraproducentes. Por un lado, que todo se vuelva bastante irreal. La gente se come la olla, pero tampoco tanto, más que nada porque no solemos tener tanta paciencia y las hormonas menos. Por otra parte, se corre el riesgo de que el personal — es decir, los lectores — se pierda y no llegue ni a empatizar ni a entender a los personajes. Yo, por ejemplo, en determinado momento, por más que lo intentara, no llegaba a comprender a Sofía, lo que propició que me cayera mal y que Héctor, a su lado, me pareciera un santo varón; la mismísima Madre Teresa de Calculta.



Ver spoiler +

Su historia me parecía tan farragosa, con tantos impedimentos-que-tampoco-eran-para-tanto, que, sin querer, me empecé a fijar más en la historia de Oliver — el mejor amigo del que, por cierto, me he enamorado —que al no tener tanta reflexión y tanta paranoia de por medio, me pareció más real, más comprensible y más auténtica.

A pesar de que no son libros en donde se divague demasiado — algo que siempre he criticado en otras de sus novelas —, sí es verdad que, en general, me han parecido muy previsibles. No sé por qué, pero siempre tenía la sensación de que todo se terminaría arreglando, y esto, además de quitarle un poco de emoción al asunto, también me daba un pelín de coraje. A veces, incluso, me sorprendía pensando cosas como a ver si aparece otro maromo mejor, y da por perdido al tío este, o ¡muchacho! ¡déjala! ¡no ves que no se entiende ni ella! En fin, cuando empiezas a pensar así… malo. El problema es que me resistía a que todo fuera tan previsible, y eché de menos los triángulos amorosos de otros libros, o algún tipo de giro argumental que lo cambiara todo y diera algo de emoción.

En cambio, todo el asunto de las citas a ciegas, los viajes, el surrealista periplo por Asturias… ¿Qué queréis que os diga? Me sobraba… Y, luego, el tema del hilo rojo que, sí, que muy tierno, pero que está ya TAN MANIDO… que os juro que lo que menos hubiera esperado que recurriera a ello una escritora tan original como Benavent. Esto conecta con lo que os decía al principio sobre que la novela estaba construida en función de los gustos de las lectoras. A todas se nos ha caído la baba con el dichoso hilo rojo. Todas tenemos atado a uno de nuestros dedos — espero que de manera virtual — un hilito rojo que conecta con el dedo de otra persona (con suerte el de nuestra pareja)… ¡Pero es la historia de otro! Supongo que de un señor japonés que lleva siglos criando malvas. Hay una película sobre ello, miles de memes,… ES SUFICIENTE. Cada vez que alguien lee o escucha algo así como “cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas…” muere un poni. Hilo rojo igual a mainstream. Mainstream igual a horror. Enough!

En fin, paro que se me va la pinza. Hablemos del final…

El final tampoco me ha gustado demasiado. Aunque termina bien — algo que, a estas alturas, también se agradece — me ha parecido un tanto precipitado; muy acelerado, en comparación con el resto de la historia y, sobre todo, con lo que supuso llegar al propio final. ¿Algo que ha costado lágrimas de sangre conseguir, se revierte en cuestión de párrafos? Y no digo que esté mal, o sea incongruente… Sólo que igual tampoco las cosas son tan difíciles o tan fáciles como inicialmente se plantean. En cualquier caso, y aunque sobre esto hay diferentes opiniones, el epílogo me ha gustado. Ya sabéis que me encantan las referencias que Benavent suele hacer a personajes de sus otras novelas y, aunque el epílogo es una salida de madre, me ha parecido maravilloso. Además, si alguien puede permitirse estas cosas es ella, que para algo es la autora, ¿no?

Evidentemente, esta es mi honesta y totalmente personal opinión. No son los peores libros de Elísabet Benavent; tampoco son los mejores. Posiblemente, alguien que no haya leído nada de la autora, o que no haya disfrutado tanto con otros de sus libros, o que no espere siempre lo mejor de ella, pensará — y con todas las de la ley — que son buenos libros o, por lo menos, a la altura del resto de su bibliografía. Por lo que a mi respecta, una humilde fan, después de Mi isla, esperaba algo diferente… Un paso adelante, en la línea de lo que, para mí, había conseguido con aquella novela. Aún así, pienso que, en lo que respecta a su género y en este país, es la mejor. Quizás sólo está gestándose, buscándose y encontrándose, y, cuando lo haga, nos volverá a dejar, de nuevo, con la boca abierta. ¡Ya lo veréis!