75 años de la muerte de Federico García Lorca

Federico García Lorca

Federico García Lorca

¿Os habéis parado a pensar en las cosas que hemos perdido y que nunca recuperaremos? Yo lo hago a menudo. Juego a imaginar que realmente existen esos universos paralelos que, en algún momento, se bifurcaron del nuestro y cuyo devenir conserva, aún, esas cosas que un día irremediablemente perdimos. Menandro dijo que “aquel a quien aman los dioses muere joven“. Un anónimo también acertó a decir “vive rápido, muere joven y tendrás un bonito cadáver“. Muchos de mis grandes mitos tuvieron ese tipo de existencias. Su propio destino los convirtió en leyenda. Un éxito eterno que les vino relativamente pronto ya que, tristemente, muchos de ellos lo hubiesen obtenido, incluso falleciendo de un ataque al corazón a los ochenta años.

La iniciativa del Poema de la Semana, me ha servido de aliciente para bucear por mis -casi- olvidados libros de poesía. Aquella pequeña colección de libros míticos de los mejores poetas de la generación del 27, que tanto me enseñaron en una época trascendental de mi vida. Entre ellos, como no, estaba el número 66 de las Letras Hispánicas de la Editorial Cátedra, que comparte dos grandes títulos de uno de mis autores fetiches: Federico García Lorca.

Como digo, el tomo 66 recoge dos grandes obras del granadino: Poema del Cante Jondo y el Romancero Gitano, este último, a mi entender, quizás uno de los mejores poemarios jamás escritos. No es necesario entender de poesía, basta con saber de sentimientos. Siempre que leo los romances que componen este libro, tengo la sensación de encontrarme en un mundo cósmico, de lunas y estrellas. Es como colarse dentro de la Noche Estrellada de Van Gogh… Son poemas, que, cuando recurro a ellos, poco importa si desde la última vez que los leí han pasado años o segundos: siempre me sobrecogen. Me ponen la piel de gallina.

Cuando esto sucede, siempre me pregunto cómo una persona con tal sensibilidad pudo morir de una forma tan injusta y despiadada, no llego a comprender cómo un hombre de ideas tan hermosas pudo considerarse, en algún momento, una amenaza para algo o para alguien. Me descubro imaginando a ese funesto pelotón de fusilamiento, a aquellos abanderados de España, que fueron partícipes de los últimos pensamientos del poeta, en aquella cálida noche del 16 de agosto de 1936, hace, justamente, 75 años. Me pregunto si, en algún momento de sus vidas, fueron conscientes de la injusticia cometida a esa humanidad por la que luchaban, a su prole, a su propia capacidad de soñar. No lo comprenderé nunca.

Los poemas del Romancero Gitano tienen que leerse en voz alta, poniendo gran atención a su carácter trágico y su sentido universal . Así se aprecian mejor: eres más partícipe de sus aliteraciones, de las filigranas del lenguaje… El sentimiento cala más hondo. Son, sin duda, los versos que mejor se adaptan a mi voz, a mi acento andaluz. Este se convierte en un complemento más para la magia del poema, coronando los trascendentales temas del universo lorquiano que, a su vez, son tan actuales y tan nuestros como nuestro propio sentir. Aquí os dejo uno de mis poemas favoritos: La casada infiel.

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.